La rigidez soviética y el pragmatismo chino. Mi participación en un acto proselitista del chavismo revolucionario

El cronista fue el representante de Argentina en un acto proselitista del chavismo revolucionario. En esta nota cuenta las peripecias del evento, semejante a una escena recortada de un trailer de la Guerra Fría.

De San Mateo viajé a Maracay con Marciano, mi amigo comunista (click). Ese mismo día, fui partícipe de un acto proselitista del chavismo revolucionario en representación de Argentina. Fue un evento para mostrar el poderío de Venezuela y el apoyo de todos los pueblos que viven en ese país. Yo ingresé como militante “guevarista” devenido en “peronista revolucionario”. No se preocupe -le dije al líder de Estado de Aragua que iba a dar el discurso- lo que ocurre con Macri (aún gobernaba) será un breve paréntesis en la historia Argentina. Pronto recuperaremos la Patria Grande. ¡Camarada argentino!, celebraron e ingresé al acto.

“¿Acaso tú eres un imperialista, qué haces aquí, eres un infiltrado o cuál es tu interés? A ver, dime”, me increpó la rusa, radicalmente soviética, por una suave pregunta que le hice, en un evento oficialista, en la sede del PSUV (partido del chavismo)

Cuando esa mañana iba con mi compañero en el auto y le dije “pasá en rojo tranquilo” y él me respondió “mejora el sentido común, la racionalidad, fíjate que todos manejan mal pero no hay accidentes, esto es Latinoamérica”; no me hubiera imaginado que iba a ser parte de un evento junto a todas las comunidades extranjeras en Venezuela que apoyan al gobierno. 

De repente, me encontré sentado en una tarima frente a un escritorio donde más allá una gran cantidad de personas de distintos países esperaban la apertura del acto, cuyo objetivo era mostrar poderío y unión entre los pueblos internacionales en medio de la delicada situación venezolana.

Estaba entre medio de las dos potencias económicas y militares que defienden la “revolución bolivariana”: Rusia y China. Nada menos. En realidad, eran sus respectivos representantes o enlaces.

No me hubiera imaginado que iba a ser parte de un evento junto a todas las comunidades extranjeras en Venezuela que apoyan al gobierno”

A mi derecha, casi pegada, una rusa soviética de pura cepa. Hace 14 años vive en Venezuela, está casada con un caraqueño. Tiene el pelo corto y es ama de casa. Habla mal español, pero habla. Parece sumisa, es tímida, aunque su mirada cada tanto se pierde en algún lugar, con las cejas apenas fruncidas de pronto vuelve en sí, persiste ahí cierto trastorno, como si un personaje de Dostoievski mirara a través de ella. 

A mi izquierda, fíjese como se sienta el chino: el pescuezo enderezado pero increíblemente relajado. Las manos entrecruzadas en la mesa. Las piernas cada una en su lugar, prolijas, intactas, casi flotando. La mirada al frente… ¡Qué calma oriental!

Alrededor había otros representantes de países como Palestina, España, Portugal, Brasil, Nicaragua, Cuba, Irán, incluso Estados Unidos y, entre todos, estaba yo, representando a Argentina, que observaba el cuadro ante mí: camisas rojas, camisas aceitunadas, brazos estirados, puños en alto, saludo militar, ¡viva la revolución!, guitarras de protesta, barbas guevaristas, bigotes centroamericanos, ¡Chávez vive!

Me comentó que gracias a Stalin se ganó la SGM y que el “padrecito” industrializó la URSS, “la hizo próspera”. 

Estaba por empezar el acto y aproveché el bache para hablar con la rusa. La intercepté: “¿Y vos cómo te las rebuscas con la crisis que hay? Resistiendo -me clavó los ojos-, resistiendo como todo el pueblo, ¿cómo voy a estar?- me preguntó con la boca apretada.

-Bueno- le susurre al oído- es que hay mucho hambre. El pueblo por momentos tiene hambre.

Los ojos de la rusa se hundieron.

-¡Se está defendiendo la soberanía! ¿O quieres ser como Argentina, que vendió el país al imperialismo, al FMI- me chicaneo. 

-El medio millón de venezolanos que está en Argentina no piensa lo mismo- le respondí, inmediatamente.

Estábamos sentados en unas sillas sobre una tarima, con otras delegaciones, frente a un montón de gente, y a la rusa se le empezaron a incendiar los ojos. 

-¿Acaso tu eres un imperialista?- la rusa me miraba de arriba abajo y exigía una respuesta.

-No… no soy imperialista, pienso que…

-¿Y entonces qué es lo que hablas? Tú tienes la cabeza lavada por la televisión.

-¿A usted le parece?

-Infórmate, chico. Qué haces aquí si no tienes idea de lo que pasa a tu alrededor.

Aunque hubiera preferido seguir indagando en su personalidad y pensamiento, decidí calmar las aguas y utilizar un lenguaje antiimperialista. La rusa, entonces, me retó y yo le pedí disculpas, me explicó sobre el deber ser comunista, me dijo que proviene de un pueblo heroico donde 20 millones de personas dieron su vida para que el mundo estuviera en paz. Me dijo que Putin no le gusta, “es un capitalista pero por lo menos es patriota”. Me comentó que gracias a Stalin se ganó la SGM y que el “padrecito” industrializó la URSS, “la hizo próspera”. 

Qué lindo retrato de la ideología de una época“, pensé. 

Giré el cogote 180 grados y ahí estaba el gigante asiático, un flaquito desgarbado de un metro 60 de altura. Lo interrogué: “¿Y vos chino qué haces acá?”

-No hablar bien español- me dijo el chino bien pícaro. Repetí la pregunta, mejor modulada.

-Emplesa de tecnología. Repuestos tecnológicos- con mucha sobriedad.

-¿Hace mucho estás acá? 

-Un tiempo, sí…

-¿Pero cuánto más o menos?

-Un tiempo…

-¿Pero cuánto, chino, acaso unos 10 años?

Sí, unos 10 años.

Cuando le estaba por preguntar al reservado chino cómo está su empresa y cómo ve la situación, rápido, eficaz, sin perder tiempo, me interceptó.

-¿Y tú qué ves, pues, cómo ves la situación?- con un español caribeño fluido.

Le respondí que esto, lo otro, está vaina y aquella también, y le pregunté:”¿Y vos, cómo está tu empresa? 

-Ahorita está parada, no está funcionando

-¿Por?

-La cosa no está muy bien, pues.

-¿Cómo la ves?

El chino titubeó, miró al frente, abajo, frunció la boca.

-Tienen que liberar más la economía- dijo.

-Ajá, ¿y qué más?

-Y poner a gente que sepa, a técnicos, a hombres con conocimiento que sepan administrar. 

El chino me pregunto por Argentina. Luego le pregunté por China y por su sistema político y económico, le dije que había un partido único pero una economía ferozmente capitalista. Le dije: “Así cualquiera”. El chino me respondió.

-China es muy glande, mucha gente. No se trata de democracia sí o democracia no. Es que por su extensión no puede tener muchos partidos. Por eso crece económicamente. 

Y el acto comenzaba a dar su primeros pasos, con saludos revolucionarios y entre la rigidez soviética y el pragmatismo chino. 

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