Ariel Luján, el Rey Del Karaoke

Un perfil sobre el exponente máximo del karaoke santarroseño. Ariel Luján/William Burroughs, un artista que conmueve multitudes en las profundidades de la noche urbana.

Los hombres adelantados a su época que portan las ideas del futuro, surgen del pasado y se proyectan hacia la eternidad. Quizá por eso Ariel Lujan -alias William Burroughs- utiliza en todo momento corbata, traje y sombrero, como un personaje de comienzos del siglo XX, o del furor tanguero y del wishky de la década del 30. Pero Ariel no es tanguero ni toma wiskhy, es pachanguero y toma cerveza, aunque con mucha moderación (“dos vasos por noche”). No porque Ariel sea moralista o religioso; para nada: más bien es un hombre liberado de aquellas ataduras (“cada uno es dueño de sus actos y así debe ser”). De modo que la razón por la que no toma alcohol es para poder realizar una buena performance en el exigente y seductor campo de batalla que es la noche, tema determinante en la constitución psíquica y espiritual de Ariel Luján: una “criatura nocturna”.

Ariel respeta la noche, porque la noche –cargada con la emoción de la inminencia- es misteriosa, es el terreno donde suceden las cosas, y ahí, en ese estado que también es del alma, se siente cómodo como los lobos con luna llena. Con su saco negro (tiene siete de diferentes tonalidades), dentro del cual lleva un peine azul para alisar su cabellera (“antes tenía el pelo corto pero me hacía muy carón, al público le gusta más así”), su corbata violeta (también tiene siete) y su sombrero beige de algodón tipo paja con un listón negro que le da una vista increíble, fresca y ligera, se abre paso en la noche santarroseña. Ariel es un verdadero performer de los bajos mundos. A sus 53 años se mezcla entre la fauna despierta del Bowgling, Bar o Bar o Harrison, y aquellos seres con insomnio que habitan estos húmedos sitios de lunes a lunes, son sacudidos de sus asientos cuando el artista sube al escenario, toma el micrófono y danza.

Los hombres adelantados a su época que portan las ideas del futuro, surgen del pasado y se proyectan hacia la eternidad. Quizá por eso Ariel Lujan -alias William Burroughs- utiliza en todo momento corbata, traje y sombrero”

El arte existe porque la vida ha fracasado, ¿y qué es un artista sino aquel que conmueve el corazón de las masas? ¿Qué es un artista sino ese hombre o mujer que por un momento saca a la audiencia de este mundo inhóspito y la transporta a un lugar extasiado? Y eso hace Ariel/William -el clásico de los bolos- de miércoles a domingos en Beer House Cervecería de la Hilario Lagos, cuando despliega sus pasos como si fuera un colibrí al ritmo cachenguero del karaoke.

Ariel Luján/William Burroughs

Uno debe concurrir en esos días, después de la medianoche y esperar sentado el momento. Entonces, puede percibir que el ambiente se despabila, que las palmas hacen vibrar los vasos de cerveza y que la fauna baila con una risa clavada. Nietzsche dijo: “No creería más que en un dios que supiese bailar” y “la risa es la virtud de los hombres superiores”. El baile y la risa, dos actos revolucionarios que provoca Luján, dos acciones por las que matamos y revivimos. “Yo les digo ‘¡vamos, sal de esa cómoda silla y ven a bailar, vamos!’, porque si no, viste, somos todos zombies”. Cuando uno pregunta entre la fauna si se conoce a Ariel, primero se recibe una sonrisa y después un “por supuesto”. La fama, adquirida gracias a su particular estilo, no le ha subido a la cabeza: “Es bueno y tranquilo”, coinciden todos los entrevistados, y algún venenoso dice: “Es bueno, pero siempre canta la misma canción”. Esta fama no se construye sólo arriba del escenario, se construye en todo momento. Y Ariel es un performer cuando se pasea de mesa en mesa como una celebrity, cuando juega al pool o cuando levanta la mano para pedir un trago. Como sucede con cualquier celebrity, la gente se da vuelta, lo sigue con la mirada, se levantan para bailar con él o le solicitan selfies. Y hay que decirlo: mientras los individuos suben al escenario y sus pasos y cantos son olvidados al mismo tiempo que se ejecutan, Ariel persiste como una huella en la noche del karaoke pampeano. Su imagen queda tatuada en la retina de los espectadores.

El arte existe porque la vida ha fracasado, ¿y qué es un artista sino aquel que conmueve el corazón de las masas?

Esto el personaje lo sabe utilizar, sobre todo cuando irrumpe en la pista esa misteriosa calma que allana el camino para la seducción. Los cuerpos y el deseo, dos pasiones vitales que esta criatura acechante conoce a la perfección, y que le ha traído alegrías como también desgracias. Por culpa de su magnetismo, muchas veces ha quedado envuelto en peleas con novios inseguros -obsesionados con la propiedad privada-, que no toleran un ida y vuelta. Pero Ariel siempre le escapa a esas pueriles situaciones, porque además, padece de “nervios internos”. “El médico me ha dicho que si se me desprende un brote y los ‘nervios internos’ pasan a ser ‘nervios externos’, puedo levantar a una persona de hasta 180 kilos, o más”, advierte el hombre de 60 kilos. En otras oportunidades, ciertas damas prepotentes, luego del espectáculo, le han encajado un beso sin más rodeos, incluso, delante de su pareja.

Hey, you. Yes, ¡you!

-El otro día ocurrió que me agarraron del brazo y me besaron.
-¿Y qué hizo tu pareja?
-Ahí nada, pero cuando llegamos a casa me dijo de todo menos bonito.

Sin embargo, Ariel dice que le han hecho una brujería, “un gualicho quizá”, porque ha perdido cierto desenvolvimiento de palabra, ya no saca los “temas de la galera”. Uno pregunta si no será que hace 8 años está felizmente en pareja, y ha perdido la gimnasia. Pero el artista es un negador, dice: “No, fue una brujería de la dictadura de los celosos”.

Mientras los individuos suben al escenario y sus pasos y cantos son olvidados al mismo tiempo que se ejecutan, Ariel persiste como una huella en la noche del karaoke pampeano”

No obstante, la mayor cantidad de las veces ocurren situaciones alegres y divertidas, porque en definitiva, lo que busca el simpático gavilán es “hacer sociales”. “Yo soy muy respetuoso y también quiero que me respeten. Yo quiero hacer sociales, porque no conozco mucho en profundidad a la gente, eso es lo que me interesa”. No es poca cosa, conocer a la gente, en una época en que las personas acostumbran a hablar por los oídos.

Su vida

Ariel está desempleado. Pese a mover multitudes, por ahora no recibe un peso de sus shows. Ha sido un trabajador de la construcción casi toda su vida, precisamente desde que dejó el colegio en Macachín cuando tenía 14 años (“porque no me gusta estudiar, lo hacía de memoria”), pero hace dos que quedó sin laburo por la crisis de la obra pública. Pasó por muchas profesiones (“corté pasto, agarré camiones, consechadoras, de todo”) Hasta que entró al servicio militar. William recuerda esos 4 meses de intensa disciplina y se agarra la frente. Sin embargo, fue donde incorporó una nueva destreza: en la colimba William aprendió a robar. Pero a no alarmarse, no bolsiqueó más que en esos tiempos verdeoliva. Ocurre que a uno también le robaban, y ante el control de los superiores había que tener todos los elementos estipulados, de lo contrario se tenía que abonar el faltante con dinero propio. Entonces se le insiste: “William dale, contame una anécdota de cómo planeabas tus actos delictivos”.

Ariel y Williams, al filo de la noche

-Era mi cumpleaños un día soleado el 7 de mayo de 1985, y mi madre había venido de Macachín. Lo recuerdo como si hubiera sido hoy. Me habían mandado a hacer guardia y salí a las 6 de la mañana del día siguiente, ¿podés creer? yo estaba calzado con mi pistola, ¿te imaginás? Entonces de repente me mandaron a Pico donde me estuve 15 días. Nunca pude ver a mi madre, quien había venido con una torta para festejar el cumpleaños de su querido hijo. ¿Sabés qué le dijeron los milicos? le dijeron “deje ahí la torta, señora, que cuando vuelva su hijo se la vamos a dar”. Minga. Mi madre, una mujer avispada como pocas, se la llevó, y al cabo de unos meses pude probar aquel delicioso postre que había hecho con sus manos. Era obvio que los milicos se la querían robar. Esto te cuento para graficar el grado de impunidad que manejaban, de modo que uno debía defenderse.
(Con William pedimos otro café, e insisto para que cuente uno de sus atentados)

Almas gemelas

-Me había armado un grupo de personas que eran mis subordinados, entonces yo mandaba a alguno a robar mientras otro hacía campana. “Robar”, es decir, recuperar las pertenencias que esos sabandijas nos quitaban, entre calzones, medias, pocillos, de todo. Un día, estaba de guardia sentado con una revista y cerré los ojos y dejé caer mi cabeza para que piensen que estaba dormido. No lo estaba. Entonces los canallas entraron y empezaron a robar. Ahí fue que los atrapé y los hice meter preso. Ellos presos, nosotros teníamos la zona liberada… y ese sí fue un buen atraco.

Los cuerpos y el deseo, dos pasiones vitales que esta criatura acechante conoce a la perfección, y que le ha traído alegrías como también desgracias”

Ariel, a sus 20 años, cuando trabajaba en Dos Anclas, la fábrica de sal de Macachín, sufrió un accidente de bullyng laboral: un compañero lo desafió a saltar y en ese momento lo empujó, dañándose el ciático para toda su vida. De ahí en más tuvo problemas para levantar cosas pesadas (“93 veces me agarró el ‘pinchazo’”, aclara), pero para bailar se las rebuscó: inventó un paso donde por un lado mueve los pies como latigazos, y por otro lado la espalda y los hombros, dejando la cintura suspendida en aire con el ciático intacto. Un baile prolijo y muy decoroso, debo decir. Ariel siempre combinó el trabajo de la fábrica o de la construcción y los bares, como un verdadero héroe de la clase obrera. Comenzó a cantar de pequeño, cuando en su casa sus padres le decían “¡callate y bajá esa música!”, pero él hacía oído sordo y seguía ensayando con el mismo ímpetu que ensaya ahora. Muchas veces, se queda hasta las dos o tres de la mañana, y un vecino que trabaja en la Cámara de Diputados, como si fuera la reencarnación de sus padres, suele decirle “¡callate y bajá esa música!”, pero Ariel no le da importancia, él persigue su pasión.

“No es moco de pavo cantar -dice- hay que estar bien de la cabeza y entender de respiración, no es para cualquier. Ahora estoy mejorando mucho”. Hace 7 años cantó nada menos que con Antonio Ríos y Beto “el de Los Moros”. “Fue en Macachín. Me preguntaron si me animaba y obvio que me voy a animar, ningún problema jefe, les dije. Entonces Ríos cantó adelante y yo atrás. Fue un lindo show”.

Ariel se acomoda el pelo, se saca el gorro y se lo vuelve a poner. Esta noche lo espera una dura competencia: unos cuantos artistas de “afuera” se presentarán en los bolos. Sin embargo, se siente confiado. “Esto es lo que me gusta hacer. Esta es mi pasión”, dice y toma el último sorbo de café. Al levantarse, la gente cogotea mientras el Rey del Karaoke se abre paso. Llega a la vidriera del café La Capital, suspira, desde adentro mira hacia afuera, observa la gente pasar, lleva sus brazos a la cintura, “un día más”, dice y acomoda su corbata.

2 thoughts on “Ariel Luján, el Rey Del Karaoke

  1. Muy buena nota a el Ariel! Felicitaciones! Siempre compartiendo su alegría sin medidas! Es el rey de la noche de los karaokes, sin ninguna duda!

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