“Ficciones verdaderas” más un cuento y un poema, de Hernán Martín

“Crónica del abuso”

A veces el pueblo era una fiesta y otras se prendía fuego y a la hoguera siempre caían los más inocentes. Afuera estaban ellos, los elegidos, los ascendidos sociales, les que decían haber nacido con el culo limpio. Les que después para salvarse siguieron ultrajando los sueños más nobles, más puros, quemando la pureza para salvar la “astucia”, quemando la simplicidad para subirse al carro de la victimización.

Cuando era chiquita el viejo la tocaba. Porque tocarla a ella no era cualquier cosa; él era el macho más grande y ella la hembra más chica. Y él lo podía todo y nadie le decía nada, porque nadie se animaba, nadie se iba a animar. En ese círculo todos le debían algo y el tipo decía “no es nada, no es nada ¡Nada!” Pero todos le debían entonces se lo cobraba a su manera como si fuera el dueño del destino y de toda esa farsa mugrienta.

Y ella empezó a odiar esa habitación rancia, con olor a grasa y a comida de la cocina. Ese encierro que abombaba todo el aire. Y la piel arrugada, con pliegues y caliente que quemaba ya internamente, que picaba. También esa plata que ya no servía para caramelos; ella ya no quería más esas golosinas caras, costosísimas. Los días no eran días enteros, eran días de culpas sin mañanas, sin principios ni fin. Un aburrimiento eterno, todo viejo en este pueblo a veces de mierda y otras de más mierda que dolía. De vuelta esa mano que marca dentro de la piel para siempre, que rompe algo ya sin arreglo, que toca siempre igual aunque solo roce la cabeza que la piensa y la sigue sintiendo de por vida.

Después ver a la crema que le alegra la fiesta pero ahora le teme al miedo. Y se cagan todo que los señalen con el dedo. No se aguantan. El pueblo que prefiere la fiesta pasa por la vereda y de miedo saluda y cabecea al monstruo viejo y oloriento. Y ese pueblo que también ahora empieza a tenerle miedo a la gente común que si quiere le arranca los botones zamarreándolo como una presa y si no lo caza la justicia lo van a devorar con lo que tengan en la mano. Lo van a manotear los gusanos de su propia grasa, lo cogotearán las minas descamisadas con las tetas listas para la pelea que comienza. Lo van a buscar les que se cansaron de este tiempo de vivir sin tiempo y lo van a comer como Caperucita al lobo.


“Sofocación”

¿Qué querés?

Nada

¿Qué te pasa?

Todo

Qué de mí en tu latir

en el vientre,

y quien confunde a quién

con los ojos y la boca.

Y qué cuando termina el día

 si la cabeza sigue.

¿En las manos?

Nada.

¿Sobre la luna?

Todo.

Qué de mí

cuando amanece en tus días

y qué pensar en las palabras

que tocan afuera, adentro.

Y quién cobija la piel

cuando se enfría el alma.

¿Sobre el pecho?

Nada.

¿En la distancia?

Todo

¿Y qué querés?

Nada

¿Y qué te pasa?

Todo.


“Ficciones verdaderas XV”

Todo fin suele generar un doble sentimiento, uno ligado al desprendimiento, a la ausencia, al impasse emocional; a la zozobra. Pero esa misma tristeza, también en ocasiones es motivo de búsquedas y más búsquedas. Lo nuevo como producto de la pérdida, del cambio.

De esta manera, tal cual, y con la próxima hoja en blanco terminarán estas ficciones: palabras brotadas tanto de la pura observación, como de la introspección imaginaria en los personajes. Se irá con ellas también un narrador que festeja eternamente no hallarse en una dimensión más cuerda e insensible del mundo.

Desde hace ya décadas, la realidad de nuestro territorio, ha encontrado al absoluto dueño de la palabra; El Poeta del Pueblo. El ha podido sentir como oráculo y profeta, a un mismo tiempo, el devenir. Hay en este terruño afincado para siempre un poeta que derramó su tinta en “La Posta” y es el mismo que se agazapa exhalando dolor, pidiendo memoria y justicia en nuestra Plaza.

Alfredo! Alfredito! Brota una vez más tu copla por todos los rincones. Tus letras nos apuran el paso, lo sé, nos obligan e increpan. Me atrevo y te miro con reverencia! Luego pienso el porqué de esta ficción y son tus mismas letras, en otro orden, quienes lo responden:

Parado en el anden,

esperanzado;

huesolito en Bustriazo,

piquillinoso,

diría tu Bardino.

Memorioso en tu pueblo.

Tus horas desiguales,

soportan esperas,

nace una sangre Ranquel,

empedernida.

Sos furia de malones poeta.

Y hermano menor del tiempo.

La Julia bailotea…

Tu lucecita

despierta la canción.

Otra esperanza

viene y sobreviene a prisa.

Sos calandria con voz.

Hay en Alfredo una eterna juventud, la ilusión constante como un todo, aún en la opresión, aún sobre el espanto. Podrán pedirle a él escepticismo pero no en la sangre nueva, no a su herencia, que son todos. Alfredito de tanto en tanto deja su piel de poeta y se mezcla en la maraña de los días; es ahí quizás más niño, más frágil. Es la misma ternura que describen sus canciones, y necesita dar y recibir apretujones. Cuando extiende su brazo estira el omóplato hasta más no poder, sonriendo con pocas palabras de por medio. Es abrazable nuevamente hasta que le entra un orgullo vaya a saber si tano: y no dice te quiero, solo dice gracias; no dice te amo solo canta. Y se sienta nuevamente, toma su pava y sigue la ronda algo desordenada hacia la derecha. Le dicen “gracias” e insiste sin importarle, como para que no termine la función…

Alfredo ama de forma insuperable su tierra y su gente. Sus convicciones son fuertes porque fuerte fue el pasado. A la confrontación la pelea ensanchando su pecho o revoleándole un “tonazo”. Luego vuelve a su piel de poeta melodioso. Se “ampara” en su raza profunda, levanta su copa, mueve su cabeza en círculos al hablar, se pone de pie y grita: Viva la canción!

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