El amor en los tiempos progre

Si te trata mal no es amor, si te trata bien, tampoco. Sorpresa: el amor, la soberbia y la ignorancia son sinónimos. Especial de Mina Harker para el día de los enamorados.

Mal que les pese a los casados, amar no consiste en arrodillarse ni en aceptar llorando, sino en temer la ironía del otro. Aclaro esta obviedad por la costumbre histórica de los fatuos de postrarse en cualquier esquina a reclamar la eternidad de su medio salame, más que de su media naranja, que suele decir que sí por no quedar mal, en el mejor de los casos, y por convicción cuando hace tiempo que no agarra un libro. Y es que estas personas que se aman han olvidado que lo único que los une es la rutina. Creen que aman y en realidad se trata de pereza y terror a lo desconocido. La gente que se casa no busca amor, lo que busca es que de vez en cuando le festejen los chistes, por compasión al menos, y tener una persona a la que llamar suya. No hay amor en el amor, lo que hay es propiedad privada y mal gusto, por supuesto, siempre el mal gusto merodea estos escenarios dantescos. El círculo infernal designado para los casados es el de la soberbia, ¿con qué cara juran amor eterno? ¿no les da vergüenza semejante pedantería? A mí, además de asco, me dan lástima, pero debe ser porque yo soy muy sensible a las escatologías.

La pareja, la dualidad, esa completitud que buscan los inválidos. Como no pueden ser interesantes ellos, rellenan su falta en el de más allá. Amar, en sus términos, es pasarle la responsabilidad de ser alguien a un extraño. Viven ansiosos de futuro, con la mente fija en la casa y en, ay, que vocablo grotesco, la descendencia. Los casados viven en el porvenir, porque son incapaces de la tarea presente; se detestan, se aburren tanto de ser su propia vacuidad, que como postrimero refugio obligan a su presa. Pudiendo discutir hasta las últimas gotas de la noche en qué momento Thomas Mann concibió las diferencias esenciales entre cuerpo y alma o cómo se llama la contingencia que separa inequívocamente al ser del no ser, eligen la anécdota común, dónde se conocieron y cómo. No se la deseo ni al peor de mis enemigos, que tengo muchos, la historieta mal dibujada del primer encuentro.

Pero no se crean que esta es una diatriba barata contra el vulgo, no, yo hablo especialmente de los progres, esos que quieren derrocar al sistema injusto y gloriarse en la libertad espiritual, los que hacen yoga y votan bien, esos que repiten pasos en las marchas por la diversidad y apoyan las causas justas. Los progres casados o enamorados son los más inmundos, te hablan de espiritualidad, libertad, cosmologías y astrales, y se comportan de manera sinónima a los conservadores. Quizá no anhelan la casa compartida, pero sí el viaje compartido, porque solos en Belgrado, en Valencia, en San Francisco, no saben qué hacer y en lugar de perseguir la aventura se quedan en el hostel mandando mensajes de corazoncitos al indicade. ¿Cómo puede ser que progres y conservadores encuentren regodeo en el par? Los heteros, los gays, y toda la taxonomía sexual de alfa a omega acuerda en amar a una sola persona. Parejas aquí y allá, como si el dos fuera el número cabalístico de la revolución política e inmaterial. ¿No se dan cuenta que al dos lo inventaron sus jefes?

Claro que su discurso pasa por el poliamor y otras imaginaciones, en la práctica, sin embargo, se los ve soldados a la antigüedad, al contrato certificado por el Ministerio de Moral Pública que punto por punto detalla cómo no se puede amar a otro, ni siquiera acostar con otro. Y es que, si quieren abolir la libertad, háganlo al menos sin hipocresía, digan sí, declaro, bajo mi propia conciencia y responsabilidad que no voy a amar a nadie más salvo a vos, no voy a practicar el placer sino contigo, jamás tendré pensamientos impuros ni daré rienda suelta a mi fantasía. Te voy a amar toda toda toda la vida, hasta que me muera, y si vos te morís primero te voy a amar hasta que te acompañe. Porque te amo tanto que decido renunciar desde ya y para siempre a mi posibilidad de cambiar, de transformar mi ser en otro ser. La pareja demanda la constancia del ser, la abdicación de lo nuevo. Y semejante consagración no es otra cosa que la soberbia del asustado.

Ay, Mina, me dice mi abuela, tenés que conseguirte un novio, yo a tu edad ya tenía marido, hijos y cocina. Sí, abuela, le digo, en eso ando, porque qué le voy a decir a mi abuela que tiene ochenta años, pero que esta filosofía la practiquen mis coetáneos es imperdonable. Si te querés hacer un tatuaje de una pluma podés seguir siendo mi amigue, si te hacés un mandala también, incluso hasta un infinito te banco, perdono a los optimistas y a los turistas, absuelvo a los talleristas literarios y me pongo en el lugar de los netflixeros, pero que me vengan a proclamar el amor binario no es ya un anacronismo sino un acto soberbio de imbecilidad.

Te dicen que aman con altruismo, con una mueca condolida por la situación de una que se niega a mentir. No pueden contar una anécdota sin mentar al susodiche, porque al caso es menos un compañere que una muleta en las que apoyan sus vacilantes pasos. Yo no entiendo, ¿es que no les pasa a ellos como a mí que cada cinco minutos vienen aquellos que juraron amor eterno a contarme sobre su separación? ¿No ven que los que se pusieron de novios a los veinte, veinticinco, treinta, hoy están separados y puteando por el tiempo perdido? Les dura poco igual, porque como olvidándolo todo en un instante, ya están engrilletados de nuevo y con sinónima retórica. Y encima, cuando la inexorable conclusión comparece, me dicen, Mina, estuve perdiendo el tiempo. No amigue, perder el tiempo te queda muy grande, perder el tiempo lo pierde William Burroughs endilgado a la heroína, lo desperdicia Copérnico observando noche tras noche el cíclico ritmo de las estrellas, vos estás ganando tiempo, porque cada promesa, cada obligación que pactás, te acerca un paso más al éxito último que buscaste, inconfeso, toda tu vida y que es tener una familia. Los enamorados son tan aburridos como los malos artistas, por eso yo les recomiendo que sí, mejor tengan una familia, así no les queda tiempo para arruinar la ficción, la belleza y el divertimento. ¿Qué ya tienen una familia? Pues tengan otra.

246 thoughts on “El amor en los tiempos progre

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