Las pesadillas de Tony Banks, el verdugo de Felipe en la sangrienta batalla de Pradera del Ganso

Un soldado inglés traumado por la Guerra de las Malvinas recuerda a su última víctima argentina cuando, décadas después en su trabajo, la carne quemada de un animal muerto se le mete en la nariz.

Las pesadillas volvieron a enloquecer a Tony Banks después de años y años de intervenciones psiquiátricas, matrimonios rotos, peleas callejeras y naufragios en whisky. Los demonios comenzaron el tormento un sábado alrededor de las 17hs: el sol iluminaba intensamente las flores doradas en los campos de Guildford, del condado de Surrey, en el sur de Inglaterra. Tony manejaba su tractor y lo acompañaba Debby, un joven de 20 años que lo ayudaba de vez en cuando. No era una tarde más en la vida de los granjeros de Guildford. En el aire se respiraba un olor a carne quemada, como si estuvieran incinerando cuerpos a mansalva en hornos a la intemperie. El olor nauseabundo se había impregnado en la cabina del tractor a medida que avanzaban por la autopista M6, hacia las granjas de Guildford, que habían sido azotadas por la fiebre aftosa, y por eso las autoridades habían ordenado sacrificar todo el ganado infectado, por precaución. Tony, allí, iba a cumplir con su trabajo solicitado: colaborar en la recolección de animales muertos en un campo.

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El olor a los cuerpos quemados, producto de la epidemia en Surrey, le hizo recordar, a Tony Banks, el día que conoció a Felipe: un cabo argentino, que había sobrevivido a la sangrienta batalla de Pradera del Ganso -o Goose Green (el segundo asentamiento más grande en las Islas Malvinas).Parecía un niño, un adolescente como nosotros”. Para Banks la batalla de 1982, fue la primera y la última. Había conocido el miedo como nunca antes en su vida, y el olor a muerte en las granjas de Guildford, se lo recordó, como si hubiese atravesado por el túnel del tiempo hacia la madrugada del 28 de mayo. Banks, siempre creyó que estaban comprometidos a una guerra sin cuartel: ambos ejércitos debían golpear y matar lo máximo posible. Como el resto de sus compañeros, partieron a Bluff Cove con las credenciales de un ejército de siglos y siglos de batallas de  colonización y conquistas; por eso había una mirada imperialista de la guerra. Antes del desembarco en la costa oeste de las Islas Malvinas, Banks pensaba que “no iba a ver ninguna lucha” y que todo estaría resuelto diplomáticamente, que “la flota daría la vuelta en medio del océano y todos volveríamos  a casa”.

El olor nauseabundo se había impregnado en la cabina del tractor. Tony, allí, iba a cumplir con su trabajo solicitado: colaborar en la recolección de animales muertos en un campo”

Tony Banks clase 62 era un ex soldado y paracaidista del ejército Inglés. Era un hombre corpulento y reconocido dentro de las unidades por su dureza: de pocas sonrisas, y que, con su cara de bulldog fruncido, cejas anchas y bigote de anchoa, se ganó la fama de hombre martillo entre los jóvenes de su clase. Antes de alistarse al ejército británico, era un joven de Southampton –una ciudad portuaria de clase obrera al suroeste de Londres– sin horizonte como muchos de los jóvenes de su generación que agacharon la cabeza ante el disciplinamiento moral de la “dama de hierro” que gobernaba su país.

Pero la pesadilla había vuelto: “Estoy en Bluff Cove”, grita Tony,  llorando y con la voz temblequeando, mientras el olor a muerte en Guildford, le toma examen de conciencia.

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A las 2am, del 28 de mayo, las ametralladoras, los morteros y las granadas explotaban por el aire de aquel cielo inmenso desdibujado por la neblina. Los hombres gritaban de terror y dolor, y Tony solo podía pensar: “Por favor Dios, sácame de esta batalla”. En Gosse Green, Dios no existía. Era una superficie llana, desprotegida, expuesta; era un terreno signado por la muerte. Se peleaba como en la primera guerra mundial. El comando argentino, había abierto fuego con una ráfaga devastadora de proyectiles y había aniquilado a gran parte del comando de Banks. “Recuerdo que los argentinos avanzaban, no tenían miedo, no era lo que nos imaginábamos: estábamos mejor preparados y teníamos mejores armas”. En la rebeldía del comando argentino existía un grado de subestimación del enemigo. Los coroneles ingleses veían a los soldados argentinos como kamikazes salvajes, y que la batalla no podía durar más de 2 horas.

Banks pensaba que “no iba a ver ninguna lucha” y que todo estaría resuelto diplomáticamente, que “la flota daría la vuelta en medio del océano y todos volveríamos  a casa””

Sin embargo, las horas eran eternas en aquella madrugada de cuerpos quemados en Gosse Green. Tony Banks, recuerda haberse acostumbrado rápido a las imágenes macabras a medida que avanzaban. Pero lo más terrible no lo vio, sino que lo oyó: era una orden que venía de Bluff Cove: “No más prisioneros, muchachos”.

Un grupo de soldados argentinos, había matado a Jones H, un coronel a cargo del comando de Banks, quien había solicitado la bandera blanca y tomar la rendición. A partir de allí, la furia se desató: los soldados ingleses abrieron fuego con ametralladoras, granadas y cohetes. El galpón donde estaban los soldados argentinos había sido destruido, y habían matado a todos sin contemplaciones.

La batalla de Gosse Green había terminado, pero no para Tony Banks. Mientras regresaban junto a un grupo de soldados ingleses, un joven argentino aterrorizado salió entre la neblina con las manos arriba: ¡por favor, no me maten, estoy rendido, mi nombre es Felipe! Los soldados ingleses se miraron durante largos segundos unos a otros, sin saber qué hacer. El lento amanecer apenas pudo vislumbrar las lágrimas y mocos congelados que reposaban estáticamente sobre el rostro del cabo argentino. El joven miró a los ojos de Banks, y le rogó por su vida arrodillándose, y mientras el resto de los ingleses discutían, se escucha nuevamente una voz de orden: “dispárale”.

Los coroneles ingleses veían a los soldados argentinos como kamikazes salvajes, y que la batalla no podía durar más de 2 horas”

Tony Banks, sin dudarlo más, atravesó en el pecho de Felipe la bayoneta que tenía en su carabina Mannlicher. Banks acompañó la agonía del cabo argentino mientras se desangraba, hasta que murió, y entonces sacó la bayoneta de su cuerpo. Felipe, cayó desplomado sobre el barro que se iba formando por la brisa que caía en la mañana de Gosse Green. Antes de abandonar el cuerpo, un soldado inglés arrojo una lona sobre el cuerpo de Felipe.

El tractor seguía su marcha hacia las granjas infectadas de aftosa en Guildford, pero Tony Banks había regresado a la bahía agradable, a Bluff Cove. Para Banks es 28 de mayo de 1982, y todavía cree que el viaje es inútil, que la guerra se va a resolver diplomáticamente, que la flota dará la vuelta en medio del océano, y  todos volverán a casa. Tony Banks, volverá a sentir el olor a cuerpos quemados, volverá a escuchar los gritos de dolor, volverá a sentir el miedo a la muerte. Y volverá a mirar a los ojos a Felipe, volverá a matarlo, para quizás algún día poder decir: “Por fin alguien tiró una lona sobre él”.

200 thoughts on “Las pesadillas de Tony Banks, el verdugo de Felipe en la sangrienta batalla de Pradera del Ganso

  1. Es muy interesante el relato pero no hay entre los caídos argentinos en Malvinas ningún soldado que se llame Felipe. El único Felipe de los 649 es Felipe Santiago Gallo, cabo primero de la Armada, fallecido en el hundimiento del Belgrano ¿Puede ser que el nombre haya sido cambiado o que Tony Banks lo haya entendido mal? Hago este comentario sin poner en duda el relato, con todo respeto. Básicamente porque creo que se debe ser muy riguroso cuando se cuentan estas experiencias.

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