“Buscar y encontrar…”, de Noguerol Coli

“Pico, barreta y pala, semana tras semana

él se adentró en la tierra,

y en la pared del pozo leía el derrotero

vertical y porfiado de la raíz”.

Edgar Morisoli

Fragmento: “El Palo Azul”, de Pliegos del amanecer (Pitanguá, 2010).

Y en el desierto la sensibilidad del “Buscador” se pone a prueba, es el único camino; agudizar los sentidos y aparece mágicamente: El idioma entre el hombre y la tierra.

Una práctica de adivinación con las manos, buscando la energía del agua, percibiendo ondas extrasensoriales; rareza difícil de entender.

Jaime González, camina sorteando alpatacos, jarillas y vidrieras; pobladoras del arbustal, con su empecinada vista en esos dos alambres sujetos en sus manos.

No escucha el ladrido de los perros que lo acompañan, ni el grito de los jotes anunciando su presa.

Hay ciertos momentos en los que al “Buscador” lo habita el temor y se pregunta, ¿Cuál es el sitio preciso?, ¿dónde está el llanto de la tierra que dará vida?

Y hasta el viento hace trampas y es inevitable caminar sin rumbo mientras el desconcierto acecha. Y solo siente la agonía del alma por el agua.

Las manos de Jaime no pueden controlar los receptores, ellos independientes se mueven, con mayor o menor intensidad, a cada paso que da. Pareciera que jugaran a confundirlo, pero las manos sabias de Jaime con paciencia esperan el momento justo, desde que inició la práctica de Rabdomancia en su campo “La Ponderosa”.

Mirar profundamente el rastro, cavar con sus ojos buscando el sonido del agua. Hurgando en su Magma, en lo profundo de sus entrañas.

El momento clave del “Buscador” consiste en parir el lugar, justo antes de que se rompa la roca; en azotar su corazón contra las piedras, rastreando la huella del agua subterránea.

Cuando el desconcierto lo acecha, busca ayuda en las plantas, la mirada de Jaime se concentra en los alambres que se mueven y cuando se cruzan indican el lugar. Saca del bolsillo el péndulo, definiendo la profundidad en la que se encuentra el agua.

Y a partir de allí el nacimiento del milagro. Y en ese momento sucede: El despertar de la vertiente y la libertad del agua.

La encrucijada queda atrás,

sus manos de barro tocan el agua.

¡El alma del desierto!

Y se siente: el llanto, grito y raza!

Vuelve al desierto el juramento: ¡Nos andaremos rastreando…hasta encontrarnos!

Dedicado a Jaime González.

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