La militancia que se queda en Venezuela

“¿De dónde sacan esa voluntad aquellos jóvenes que sacrifican el ‘preciado tesoro’ de la juventud, y aquellos adultos que de jóvenes lucharon por “un mundo más justo” y que ahora se apresuran, casi que se clonan, para que ese ideal no se termine por evaporar? Definitivamente el sentido de la vida del venezolano es radicalmente distinto al del argentino”, afirma el cronista.

Un joven militante me preguntó, “si fueras venezolano y estuvieras acá, ¿serías chavista u opositor?”. Mi respuesta fue ambigua, pero determinante a la hora de afirmar que en todo caso lo que diga no tendrá sentido porque no soy venezolano, no vivo acá y sobre todo no pasé por las situaciones que la gran mayoría tuvieron y tienen que pasar día a día. 

El joven pareció haberse quedado satisfecho con mi respuesta, porque me dijo “te entiendo”. Al mismo tiempo, me explicó que siente rechazo por todos aquellos que desde la comodidad, en otros países, dan consejos sobre qué debería hacer y cómo debería comportarse el movimiento chavista. Incluso, me dijo, le desagrada oír críticas feroces de las personas que en otros lugares no vivieron ninguna hiperinflación ni pasaron en ningún momento hambre, y critican con naturalidad a los venezolanos que decidieron irse de su país. 

Dicen que ya se fueron más de 5 millones. Sea o no real esa cifra, lo cierto es que tal migración no tiene precedentes, y no quedó prácticamente nadie que no tenga un familiar o conocido que se haya ido. Los que se van son antichavistas, chavistas, pero sobre todo, individuos cansados del desgaste diario que tienen que atravesar para subsistir, y que parten hacia otros países con la intención, entre otras cosas, de enviar dinero a sus familias.

Le desagrada oír críticas feroces de las personas que en otros lugares no vivieron ninguna hiperinflación ni pasaron en ningún momento hambre”

No obstante esto, hay una porción de gente que ha decidido quedarse para contribuir a la “reconstrucción” del país. No estoy hablando de los enchufados (quienes viven con tranquilidad porque están conectados con los beneficios que les da el gobierno), simplemente me refiero a aquellos jóvenes, muchos de los cuales sacrifican su juventud por el trabajo diario, que no desconocen los vicios de su propio gobierno y, sin embargo, permanecen porque consideran que es el único terreno para modificar la realidad.

Individuos de entre 20 y 35 años, también 40, que viven en los barrios o ingresan a los barrios, que realizan operaciones de rescates alimentarios, que permanecen pese a sus contradicciones internas, que discuten, sufren y se inmolan por la situación que se está atravesando.

Todos los jóvenes y adultos de los que estoy hablando tienen un rebusque; es decir, precisan sí o sí de un trabajo alternativo para mantener una calidad de vida normal. Provienen de diferentes ramas, y están formados política, social y económicamente. En general, se observa lucidez a la hora de interpretar la coyuntura y de aventurar posibles escenarios futuros. Coinciden, eso sí, que dentro del abanico de posibilidades que ofrece la realidad política venezolana, su terreno (el del “campo popular”) es el único disponible para concretar un cambio que interprete a las masas, “porque del otro lado prevalece un arco político que propone una invasión militar“.

Son, lo que podría denominarse, patriotas; o, mejor dicho, aman su país, su tierra, su clima, su carisma, su desorden latinoamericano. Son, en consecuencia, gente herida que ve las condiciones en la que su país está sumido por unas cuantas personas que, desde adentro, envueltos en la idea y el sueño de una “revolución”, saquean a su propio pueblo. Gente herida, con ira, pero que sin embargo persiste, con la creencia de superar la hecatombe, modificar la conciencia cultural vigente y “barrer a los corruptos”. ¿De dónde sacan esa fuerza? ¿De dónde sacan esa voluntad aquellos jóvenes que sacrifican el “preciado tesoro” de la juventud, y aquellos adultos que de jóvenes lucharon por “un mundo más justo” y que ahora se apresuran, casi que se clonan, para que ese ideal no se termine por evaporar? Definitivamente el sentido de la vida del venezolano es radicalmente distinto al del argentino.

No desconocen los vicios de su propio gobierno y, sin embargo, permanecen porque consideran que es el único terreno para modificar la realidad”

El actual es un proceso de resistencia y de cambio cultural. Los que se quedaron están dispuestos a ajustarse los dientes. Impresiona la capacidad de aguante, esa arma de doble filo. La energía está puesta en sembrar nuevas conciencias, en promover la huerta, el autocultivo, las medicinas alternativas, las comidas alternativas, a reciclar, a cuidar la luz, el gas, el agua, a retornar a la cultura del fogón (algunos dirán “a retornar a un sistema pre-capitalista”).

¿Qué tipo de ser nacional surgirá de este proceso, cómo vendrán las nuevas generaciones? Algunos dicen que es como el “Periodo Especial” de los cubanos. “La creatividad de los cubanos fue enorme”, dicen. La diferencia es que en Venezuela se vivía con la comodidad de un país verdaderamente rico, despilfarrador, por eso el golpe es mayor, y por lo tanto, se exige mayor creatividad. Entonces, ¿sucumbirá la sociedad por el propio canibalismo entre unos y otros, o superarán esa barrera con la obligada creatividad? Por ahora, hay incertidumbre.

Testimonios

Ernesto es moreno, es historiador y tiene una especialización en economía política. Es comunista. Su hermana falleció en el hospital público, luego de una larga enfermedad, porque el sistema de salud se encontraba en un serio atrasado con respecto a esa patología. Sin embargo, y pese a que gran parte de su familia se fue, analizó la situación de otros países, su devenir político y económico, y decidió quedarse en Venezuela. Observó, también, en qué sector está el poder en el que se discuten las cuestiones reales, y decidió quedarse, militando, con la intención de que desde su lugar pueda aportar para “presionar a la dirigencia política y hacer que mejore”.

Son, lo que podría denominarse, patriotas; o, mejor dicho, aman su país, su tierra, su clima, su carisma, su desorden latinoamericano”

Erica es abogada. No ejerce porque no se puede sostener y porque “el sistema judicial está dañado“. Pero, aunque tuvo una oferta en México, empezó a estudiar gastronomía, rubro fundamental en la actualidad por la crisis de los alimentos, para contribuir a la enseñanza del autoabastecimiento y la soberanía alimentaria.

Editza es petrolera, vende huevos y dulces y dice “los que nos quedamos vamos a tener que trabajar duro“. Tiene dos hijos pequeños y empezó a sufrir ataques de pánico. Concurrió brevemente al psiquiatra. Ahora se la ve relajada, con cierta displicencia alegre, como si hubiera pasado una etapa trágica y ahora se ubicara más allá del bien y el mal. Tuvo oportunidad de irse a Europa, pero detesta la “perfección”, prefiere el baile, el calor y Latinoamérica.

Rafael es docente, tiene 30 años, vive en la parroquia del 23 de enero en Caracas y hace 15 años destina su tiempo a trabajar voluntariamente en una misión educativa que prioriza a las personas que no terminaron la secundaria y que se dedica, también, a alfabetizar. Reconoce el delicado momento. No obstante, mantiene la fe intacta en Dios y se entusiasma por ser parte del nuevo proceso de aprendizaje que tendrán que afrontar las nuevas generaciones.

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