La última vez que nos vimos con El Zurdo fue a principios de año para organizar una fiesta en Ruda. La fiesta estuvo muy bien. La llamamos Cruda. La idea fue convocarlo para que cerrara con un set de techno, y dio muestras de su buen gusto y gran técnica. Otro amigo abrió con un ambient para amenizar y yo aporté lo mío desempolvando tracks de tropical bass y cumbia digital que pasaba diez años atrás en un ciclo que había bautizado Hello Nasty.
El Zurdo -no hay ninguna connotación ideológica en esto, es solo el apodo que ostenta- pasó el verano entre Santa Rosa y Córdoba y después usó los ahorros que había juntado dando clases de literatura durante años en Estados Unidos para viajar durante dos meses por Grecia y Turquía. Volvió hace un par de semanas y, al enterarme, lo invité a ver a Camionero. “Dale. Hace un montón que no veo una bandita de rock”, respondió horas antes por Instagram.
Llega con un pack de Brahma que apoya sobre la barra mientras intenta alejar al perro de sus pies. “Ignoralo”, le digo y le chisto al can para que se aleje.
El Zurdo viajó a Grecia y luego a Turquía con la idea de terminar de darle forma a una novela que había comenzado a escribir hacía un tiempo. No regresó con lo que había ido a resolver, pero se reencontró con el cuento. Me dice que volvió con unos diez textos y que eso lo tiene entusiasmado. “El único libro que publiqué es de cuentos. Así que fue volver a eso”, me cuenta mientras gira la cabeza para soltar el humo por la ventana que da al sudeste de la ciudad. También me dice que busca producir cada vez más ficción para tener un CV que lo respalde al momento de enviar su obra a concursos.
“Y en el mientras tanto, ¿qué pensás hacer?”, le pregunto. Antes de que ensaye una respuesta, suelto otra pregunta con una semisonrisa dibujada en el rostro: “¿No pensaste en dar un tallercito de escritura?”.
Se sonríe y mira hacia el techo mientras da una pitada. Esta vez, suelta el humo dentro del departamento. “Con todo lo que he criticado a talleristas de escritura, ¿te pensás que puedo dar uno? Además, si lo hiciera, tendría que ver cuál es el diferencial que tengo para ofrecer”, responde, y admite que lo ve como una posibilidad. Lo animo a que lo concrete.
Subimos a su auto y le pregunto si conoce la banda que vamos a ver. Me dice que no, que nunca los escuchó y que está muy alejado del rock. “Creo que la última banda que vi fue Interpol en Seattle, en una fecha en la que telonearon a Morrissey”, me dice. Hago una mueca que deja entrever una cuota de envidia. Conecto mi celular por Bluetooth al estéreo y le doy play al último disco de Camionero para darle una muestra de lo que se va a encontrar.
Lonjazo, la banda local encargada de abrir la noche, está por comenzar cuando llegamos al Salón Villegas, el lugar que Rancho Aparte eligió acertadamente como nueva alternativa para sus shows. El trío conformado por Lipolli, Figueroa y Achiary despliega uno de sus mayores activos: el salvajismo escénico. Lonjazo rescata la impronta del rock setentista desfachatado que resistía frente a lo progresivo. Desde la música hasta la estética. Si hubieran sido contemporáneos del nacimiento del género que ejecutan, sacarían almanaques con mujeres exuberantes con una damajuana, apoyadas en el capó de una Chevy Coupé V8. Al finalizar dejan un ambiente humeante.
Minutos después, comienza a sonar a gran volumen “Fuegos de Octubre”, mientras el dúo bonaerense ya está ubicado en el escenario. Camionero no discrimina ninguno de sus trabajos de estudio y recorre temas de toda su discografía: desde Confianza en ti solo, pasando por Rico Chico, hasta Mala suerte, Varón.
Después de los primeros temas, El Zurdo me dice que le hacía falta un poco de esto para compensar tanta party electrónica. La noche sigue. El público ya está decididamente mucho más cerca del escenario cuando suenan “No Hablaremos de Mañana” y “La Distancia”.
Ni Joan Manuel ni Santiago emiten palabra alguna durante el show. Sobre el final, “Amuletos” mantiene la efervescencia. Hay algo auspicioso en que Camionero haya sacado recientemente un disco del que ya convirtió en clásicos, al menos, un par de temas. “Catedrales” es uno de ellos.
Me vine hasta acá para encontrarte / Me hice en el fondo esta catedral / Quisiera que me creas, que estoy / Mejorando cada día, espero / Que también puedas verlo.
El estribillo se corea a capela en el cierre del show.
“¿Vamos a una quinta y después a Madero?”, me pregunta El Zurdo. Agradezco la invitación, pero mi idea de rock, este sábado, es cortar a las dos de la mañana.



