Nicolás Jozami, escritor: “Lo que hay que temer es que cedamos nuestro espacio de creación”

El autor pampeano presenta este domingo dos nuevos libros de cuentos, Dimensión y Practicamos la resurrección, en los que explora el paso de lo cotidiano a lo extraño, la memoria y los límites de la realidad. Con ocho libros publicados, reflexiona sobre su escritura, sus obsesiones literarias y el lugar de la inteligencia artificial en la creación.

Nicolás Jozami nació en La Pampa en 1979, vive en Bialet Massé, Córdoba, y combina la escritura con la docencia y la investigación. Doctor en Letras y licenciado en Letras Modernas y Comunicación Social por la Universidad Nacional de Córdoba, publicó ocho libros de cuentos, entre ellos El brillo gemelo (2016), Hueso al cielo (2018) y Las leyes de la ausencia (2022). Su literatura se mueve entre la realidad reconocible y la irrupción de lo extraño, con personajes atravesados por la memoria, el tiempo y situaciones que desacomodan las certezas de la vida cotidiana. Este domingo 11 a las 18 en la sala Nervi del MEDASUR presentará sus dos nuevos libros, Dimensión y Practicamos la resurrección, que exploran esos territorios desde registros diferentes, del realismo de la conciencia a los cruces con la ciencia ficción. Habrá ejemplares a la venta.

En la escritura, Jozami busca encontrar una voz propia y llevar el lenguaje hasta el punto en que una historia pueda abrir perspectivas inesperadas. El cuento, dice, exige empezar de cero con cada texto, incluso después de años de experiencia. Su preocupación por la fragilidad humana convive con el deseo de escribir una novela y con una defensa de los tiempos de lectura y creación frente a la inmediatez contemporánea. También observa con atención el avance de la inteligencia artificial, aunque ubica el principal riesgo no en que las máquinas puedan escribir, sino en que las personas renuncien a su capacidad de crear.

–Presentás dos nuevos libros de cuentos. ¿Qué tienen en común y qué los diferencia entre sí?

Se dio la casualidad, no sé si buena o no, de que los dos libros se imprimieron en fechas muy cercanas. Lo que tienen en común es menos que lo que los diferencia. En los cuentos hay una ansiedad por rescatar, no dejar ir o incluso volver palpables momentos idílicos y felices de los personajes, que generalmente sucedieron en el pasado. La idea del tiempo es bastante obsesiva en el libro, tanto el pasado lejano como el que acaba de transcurrir. Creo que algo de eso aparece, por ejemplo, en “Ocupación de los ángeles”, de Dimensión.

Son textos más bien realistas, pero de un realismo de la conciencia y la emoción, más plástico, más bergsoniano que positivista. En Practicamos la resurrección, en cambio, vuelvo a los cruces con géneros como la ciencia ficción. Aparecen cuestiones relacionadas con cómo hacer una nueva humanidad y cómo sería; de ahí los viajes —no propios— a otros planetas, los seres que llegan desde algún lugar y reacomodan la escala de valores de una sociedad, o el límite entre lo inanimado y lo vital. Son interrogantes que la ficción nunca aclara, sino que se regodea en mantener a salvo su inventiva inmarcesible para afinar perspectivas del mundo. Ojalá haya alcanzado una porción de eso.

–Después de varios libros de cuentos, ¿qué cambió en tu manera de escribir y de pensar el género?

Con estos dos libros son ocho los que publiqué. No sabría definir con la certeza necesaria qué cambió en mi manera de escribir ficción. Sí creo tener una mayor voluntad de reconocer los alcances y los límites de mi propuesta de escritura. El tiempo, los errores y la cantidad de tinta y páginas que uno tira a la basura ayudan a medirse con la propia voz. Me explico. Uno va sabiendo cada vez más dónde está su sendero y dónde aparecen la impostura o el desvío.

Cada vez que construyo un texto literario, pretendo iluminar con la mayor capacidad posible eso que quiero expresar, que no es lo mismo que comunicar. Creo que con mi segundo libro, El brillo gemelo, encontré algo emparentado con los temas que me son afines y que algunos lectores cercanos, a quienes valoro mucho, me señalaron. Me refiero a aquello que se infiltra en la normalidad con extrañeza, a una forma de percibir los sucesos desde una cosmovisión aturdida por lo que se propone como común y general.

Con el tiempo, parecería que uno debería cometer menos errores estéticos, pero en este tipo de ejercicios artísticos siempre se está como al inicio. Cada cuento es un empezar de cero. Eso es tan terrible como desafiante.

Por otra parte, reevalúo el género con cada lectura de cuentos que hago, releo y descubro. Hay escritores que conocí y cuya propuesta y proyecto de obra me gustaron mucho. Me pareció muy bueno El cielo de nuestras casas, de Miguel Ángel Barroso, y El brillo de las estrellas, de Fanue. También leo textos de personas que casi no publicaron, pero que vienen escribiendo hace mucho y son talleristas con quienes trabajo.

Una de ellas es Mariana Malbrán, una mujer de Miramar que está pronta a editar su primer libro de cuentos. Otro tallerista es Galo Cruz, un médico jujeño que trabaja en el sur y escribe cuentos que bordean el escondite personal con la urgencia de vivir el secreto. También está Victoria Herrera Harvay, una tallerista riojana que vive en Estados Unidos y trabaja muy bien en su primera novela. Construye una trama en la que hay un traslado de lo regional a la pesadez aplastante del aburrimiento, que hace avanzar los conflictos y los sucesos.

En síntesis, el cuento es un género bastante clásico en su factura, pero para mí no debe perder esa sensación de terminar de leerlo y quedarse con la impresión ineludible de haber pasado por una calle archiconocida donde se sintió un olor diferente, penetrante, que vuelve a estallar a espasmos en la memoria.

–En tus libros aparece con frecuencia una realidad cotidiana que puede desplazarse hacia lo extraño o lo fantástico. ¿Qué buscás cuando llevás una situación aparentemente normal hasta ese límite?

Sí, sucede con bastante frecuencia. Es algo que me señalaron quienes me leyeron: anomalías, extrañezas, rupturas con las coordenadas cotidianas. No sé si lo encuentro, pero lo que busco debe ser algo así como saber y sentir que el espacio de libertad con el que se mueven mis palabras se rebela, aun cuando hay un plan premeditado, y sale a jugar al patio de una dimensión por momentos desconocida incluso para mí.

Cuando releo lo que hago —o lo que humildemente me sale hacer—, noto que la melodía es básicamente similar. Si suena un teléfono, habrá una persona del otro lado para hablar. Pero que sea un muerto, por ejemplo, que viene a decirte que se culpabiliza por no haber dejado el mensaje que quería a quien atiende y que eso lo tortura, excede los marcos realistas clásicos. La narración queda entonces en una especie de limbo donde lo que suceda será un poco retorcido, raro, inusual.

–¿Cuáles son hoy tus obsesiones literarias?

Escribir una novela que mínimamente valga la pena. Tengo una reescrita cuatro veces y otra empezada, que voy escribiendo a mano porque decidí hacerlo así. Me obsesiona leer las únicas novelas que pudieron escribir cuentistas o ensayistas, como la de Isidoro Blaisten, Voces en la noche; El retrato de Dorian Gray, la única novela de Oscar Wilde, o El Gatopardo, de Giuseppe Tomasi di Lampedusa.

Tengo un plan para esas novelas, sé de qué van a tratar, pero estoy bastante aferrado a la forma cuentista de sentir, palpar y filtrar la realidad cuando se traslada a un texto literario. También me atrae la escritura ensayística, su pureza siempre sorpresiva en la elaboración de la prosa.

En cuanto a las lecturas, no abandono a Franz Kafka, que sigue siendo el emperador y el esqueleto de mi biblioteca espiritual. También vuelvo a Rilke, Arreola, Glauce Baldovin, Auster, Hamsun, Celan, Mastronardi, Mujica, Leibniz, Deleuze y Bornemann.

Me obsesiona la fragilidad que somos como seres vivos, pero todavía más que no nos demos cuenta de que lo somos.

–¿Qué te gustaría que le ocurriera al lector cuando termine estos nuevos cuentos? ¿Que entienda algo, que se haga preguntas, que se quede con una imagen o simplemente que la historia siga resonando?

Lo último. Me gustaría que terminara de leer los textos y sintiera que hay un trabajo de espesor sobre el lenguaje para decir aquello que la historia busca.

Me interesa saber qué piensan del cuento “Qué es ese ruido”, incluido en el libro Dimensión. Surgió a partir de una frase que mi hijo Oliverio repitió durante unos meses y que después me disparó la historia. También me gustaría saber cómo se adhieren los lectores a la atmósfera de “Las puntas del ovillo”, de Practicamos la resurrección.

-Por último, hablame de tu proceso creativo en este tiempo de inmediatez y de inteligencia artificial

Es algo que conversamos con alumnos de la universidad y de la escuela, con colegas, lectores y talleristas. Ahora estoy participando en un taller de lectura presencial en Bialet Massé, que llevo adelante con un amigo, Daniel Gonella. Compartimos lecturas que transitan y bordean la ciencia ficción, pero que habilitan a hablar de nuestro presente, de lo que nos parece que es el presente.

En el último encuentro leímos “No tengo boca y debo gritar”, de Harlan Ellison. En ese cuento, los personajes están imbuidos, cooptados, dentro de una computadora gigante que se regodea con ellos, se excita y goza con su sufrimiento, hasta el punto de impedirles la muerte. En una parte del relato, que retomamos en la charla con los talleristas, decíamos que el odio que siente ese sistema, esa máquina, fue adquirido a partir del odio que aprendió de la humanidad.

Con esto quiero decir que la inteligencia artificial será demasiado humana, pero no adquirirá formas de comportarse que no provengan de lo que los seres humanos le inculcamos. Eso significa que no hay que temer que la inteligencia artificial pueda escribir como nosotros. Lo que hay que temer es que nosotros cedamos nuestro espacio de creación, aun sabiendo que algo no humano puede hacerlo.

Leer sigue siendo una actividad relativamente lenta, y la fugacidad y la inmediatez atentan contra eso. Yo escribo en computadora, pero llevo diarios desde hace años que me ayudan a bajar la temperatura y la velocidad. Como decía antes, una de las novelas que estoy diagramando también la escribo a mano.

Hace un tiempo escuché una opinión lúcida de Martín Kohan. Decía que, ante el dispositivo tecnológico abrumador e imponente de la inteligencia artificial, un escritor debería preguntarse qué podría escribir y cómo hacerlo, pensando en algo que la inteligencia artificial no pudiera seguir.

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