Nicolás Jozami: “A veces pienso que sigo viviendo porque creo que alguien está escribiendo lo que vivo y hago”

Dentro de la literatura pampeana han ido emergiendo voces que representan las nueva generación del siglo XXI y que, además, algunos y algunas desarrollan su obra en la propia provincia, así como otros y otras han ido a formarse afuera de La Pampa e, incluso, a vivir. Entre esas voces se destaca la de Nicolás Jozami, la cual tiene un anclaje en el territorio
debido a las vivencias de la infancia, ese lugar que tanto ponderó Rilke, y que muchos escritores como escritoras aluden en sus obras o declaraciones, pero que publicación tras publicación ha ido proyectando una literatura que rebasa los límites de la región y se convierte en un embudo que cuela libros donde la biblioteca se agiganta y se convierte en universal.

Es interesante cuando Jozami destaca a la Poesía como el género mayor y luego suscribe su preferencia por la narrativa: “Pienso y respiro en formato de narración”. Nos hace recordar el planteo de Bachelard entre poesía y narrativa (al que se suman Octavio Paz y Olga Orozco), cuando alude que “el tiempo de la poesía es vertical”, dejando lo horizontal a la prosa, a la narratividad. Pero el devenir del mundo y de la vida entrecruza ambos ejes, y en eso la obra de Jozami también nos acerca a una enseñanza, y es que en la escritura el creador trenza y entreteje mundos (como Lorca y la teoría del duende), lo cual infiere esa deuda a la lectura, una maquinaria que acrecienta la voracidad lectora entre historias, leyendas, símbolos y arquetipos. Bien lo remarca Jozami: “la lectura es para mí una prestidigitación que te transforma; no sos el mismo luego de leer”.


Alguna vez, en una actividad de la Asociación Pampeana de Escritorxs, señalé que enfrentar la obra de Jozami es una especie de aventura por la multiplicidad de intertextos que pueden decodificarse, y lo asocié o emparente a Ricardo Piglia. Quizás haya sido una exageración por el entusiasmo ante la lectura de una obra que desborda constantemente
los caminos conocidos y habituales del pago, pero que abre aristas con pliegues y repliegues donde la realidad se multiplica, se descentra, y la literatura la sujeta y la llena de contenido, de imaginación. Es que sin imaginación no hay mundo. Ya Novalis lo había pronunciado: “De la imaginación productora deben deducirse todas las facultades, todas
las actividades del mundo interior y del mundo exterior”.

Una imaginación (la de Jozami, de esos mundos interiores/exteriores) que exige no sólo la atención en la trama del texto que, de un momento a otro, se puede convertir en otra cosa, y esa es la sorpresa a lo Cortázar, a lo Quiroga, a lo Castillo, que nos trae Jozami, sino también para recolectar sus fuentes. Es como una doble lectura, un autor que construye su propia narrativa, pero a su vez, a modo de un palimpsesto, nos guía a bucear en las obras de sus creadores dilectos, sea Borges, Kafka, Nietzsche, Benjamin,
entre otres.

Nicolás Jozami nació en Santa Rosa, La Pampa, en 1979. Es Licenciado en Comunicación Social y en Letras Modernas, ambas carreras cursadas en la Universidad Nacional de Córdoba. Docente en los niveles medio, terciario y universitario. Investigador. Ha publicado los títulos de cuentos: La quimera (Ciprés, 2009), El brillo gemelo (Borde Perdido, 2016), La joroba del Edén (Cartografías, 2018), Hueso al cielo (Alción, 2018) y Galería de auxilios, editado en un volumen doble junto a Cuando muera mi padre, poemario del autor Marcelo Dughetti, (no Editorial, 2019). Poemas, cuentos y ensayos suyos han sido publicados en diversas antologías y en revistas, en formato papel y en la web. Ha dictado y dicta talleres de escritura de invención.


—¿Había en el hogar una biblioteca familiar? ¿Cómo se relacionó con los libros?

—No, al menos yo no tengo recuerdos de que la hubiera. Mi viejo y mi vieja sí tenían, debajo de sus respectivas mesas de luz, libros y revistas que les interesaban. Recuerdo de mi viejo tomos sobre la segunda guerra mundial, libros de supervivencia, sobre armas, y revistas como El Tony, Nippur, Intervalo, etc. En la mesa de luz de mamá, también había revistas de ese tipo, alguna que otra Para Ti, novelas de Sidney Sheldon, alguna policial y novelas rosa. De a poco empecé a mirar y a leer esas revistas, y luego me entró el gustito y comencé a canjear revistas de superhéroes en el mítico kiosco “Superman” que estaba cerca de la placita del mapa y cuya puerta hacía al abrirla ese ruidito imposible de olvidar, con un llamador de ángeles donde parecías entrar en otra dimensión. Ahí empecé con historietas, cómics de Spiderman y Hulk, algunas de Tío Rico, Patoruzú, La Pantera rosa, los Billiken (Anteojito no me llamaba), Condorito, los volúmenes reunidos de La Liga de la Justicia. De a poco fui conformando una especie de biblioteca móvil en mi habitación, compartida con mi hermano, donde guardábamos las revistas en los cajones de la mesa de luz. Los primeros libros libros fueron los de la colección del Quirquincho; recuerdo Peligro en la selva, de Horacio Quiroga, que me partió, otro era Y el árbol siguió creciendo, de Graciela Montes, cuentos de Ema Wolf, Gustavo Roldán, Silvia Schujer. Mezclaba eso con las series y cortos de Hitchcock, de los que no entendía todo pero que fue con el tiempo uno de mis directores favoritos, El auto fantástico, Lobo del aire. Luego, con unos 10 a 12 años me compraron muchos libros de animales, de la colección Sigmar: animales de montaña, animales salvajes, costumbres de la naturaleza, libros sobre los simios, tiburones, perros (que me regalaron y me devoré varias veces en una papera que me dejó unos días en cama), monstruos marinos. Eso me llevó luego a Jack London, a Bornemann, a Bulwer Lyton, a los Elige tu propia aventura. Puedo decir —con cierto orgullo— que el mueble biblioteca, o el mueble con libros, lo inventé yo en casa. Creo haber respondido sobre mi relación con los libros, aunque más que con los libros, diría con la lectura: al inicio fue de impacto, de querer recorrer y estar en esos mundos que conocía de una manera extraña, pasando la vista por ellos: tanto las peripecias en 8 cuadros de Condorito, como la versión reducida de Simbad el marino o Aladino. Fueron mi refugio.

¿Cuándo empieza a escribir?

—Escribí de chico algunas cosas sueltas; buscaba ampliar las aventuras de cowboys, superhéores, guerreros, y tengo recuerdo felices con un primo con quien trabajamos en conjunto alegremente: él dibujaba y yo escribía historias (de la selva, en la jungla, siempre con animales y tarzanes melancólicos) para tratar de inventar nuestros propios Elige tu propia aventura. Me daba cuenta ahí, que me gustaba leernos, saber cómo habíamos armado eso, y quería que los demás pudieran ver y decirnos qué les parecía. Recuerdo también un diploma que me enviaron de la SADE de Neuquén, por haber participado en un certamen titulado “Semillas poéticas”. Mis padres deben haber enviado algo mío y luego recibieron esa recompensa impensada que conservo, ajada y cuarteada por el paso del tiempo, pero la tengo. En la primaria escribimos poesía, con una maestra que me enseñó muchísimo sobre la sensibilidad de la palabra, Azucena Carrizo, y a los 14 años más o menos yo ya tenía mi cabeza dispuesta para querer pensar narrativamente, aunque no me lo podría haber dicho como ahora lo escribo y comparto. Intenté algunos cuentos cortos. Cuando me fui a estudiar a Córdoba, a mis 18 años, escribí —en una pensión salesiana— un primer tratado sobre la pena de muerte luego de leer a Koestler; imaginé algún cuento policial, mezclado claro con cartas a mis padres, amigos y de amor a alguna noviecita, que uno excluye de lo que escribe pero que son la pretensión de ser estético y donde se busca un pulso en el propio sentir. Con esto digo que las cartas de amor de lxs escritores son siempre una impostura. Cuando descubrí por ahí a Kafka, estaba todo dicho. Viviría y tendría experiencias para luego saber si las encontraría leyendo. Ahora recuerdo también —haciendo memoria— haber tenido un hecho que me marcó y avergonzó tremendamente. Fue como un rito de iniciación. A mis 16, 17 años me compraban las revistas Lea; en un arrebato, decidí mandar un mensaje al Correo de Lectores para decir qué sección era la que me gustaba. Cuando encontré en esa sección del número siguiente mi nombre con mi DNI y las dos líneas de mi correo, me puse tan colorado que pensé que iba a explotar. Fue un arrebato de vergüenza; leí el mensaje unas 20 veces a ver si estaba bien escrito, si decía lo que yo quería decir. Saber que los demás o alguien podría leer eso me parecía tan extraño, doloroso y fascinante que debo decir que me marcó.

¿Qué obras marcaron sus lecturas? ¿En qué sentido?

—Está buena la pregunta, porque apunta a la lectura y no a la escritura. Soy de los que cree que lo que un escritor lee forma parte de la experiencia propia de vida, de lo que está por fuera de la lectura propiamente dicha. Se escribe sobre lecturas porque, y este es mi caso particular, yo leo para luego hasta poder encontrar en lo que vivo eso que he leído. Será patológico, poco normal, no lo sé, pero tampoco me interesa. Diré: Kafka completo, ya que cuando lo encontré y comencé a leer, me sentí tan seguro, afín con el planteo de “irrealidad” humana con que tramaba sus textos, que lo supe un sabio de mi propia absurdidad existencial. Comencé a leer El Castillo unos días antes de tener que operarme de la rodilla; recuerdo esa sensación de querer que pasara todo tan rápido para poder volver a internarme en el mundo de K, tan atrozmente extraño pero cercano al mismo tiempo para mí. Me marcó mucho Horacio Quiroga, los cuentos de Los desterrados, El desierto, algunos de Anaconda. Me marcaron lecturas de ensayos como los de Michel de Montaigne, el libro Socorro, de Elsa Bornemann, donde ese terror fue una iluminación; El bote abierto, de Stephen Crane; El impostor, de Silvina Ocampo y varios de sus cuentos; Bartleby, el escribiente, de Melville; El paraíso perdido, de John Milton; En el faro y Las olas, de Virginia Woolf; la obra cuentística de Abelardo Castillo, que comencé a leer de una manera casi azarosa: había impreso algunas entrevistas y un par de cuentos de él en la computadora paterna, (cuando internet se cobraba por tiempo, con el teléfono) y por esos días decidía enviar un cuento a un certamen pampeano organizado por la APE. Obtuve el primer lugar, y parte del premio era dinero para libros. Fui a Libros Pampa y elegí: cuando vi los cuentos completos de Castillo en la edición de Alfaguara de 1997, supe que estaríamos predestinados. Me llevé también antologías de cuentos, etc. Me marcó el Chesterton de El hombre que fue jueves y sus cuentos policiales y ensayos, las novelas de Manuel Puig, creo que sin quererlo o saberlo, la poesía de Girri, de Glauce Baldovin, de Juarroz, las clases y ensayos de Piglia, la poesía de Graciela Di Bussolo, la literatura de Libertella, las novelas de Feinmann, las Memorias del subsuelo, de Dostoievski, los cuentos de Peyrou, La invención de Morel (los otros textos fantásticos de Bioy no lo superan para mí) el Peer Gynt y Brand, de Ibsen, el Wilcock de El estereoscopio de los solitarios, La sinagoga de los iconoclastas, el cuento “Los donguis”, Los espías, de Mujica Láinez, Los adioses, de Onetti, entre bastante más. Para finalizar, quiero decir que una obra anónima (no recuerdo autor) que marcó lo que yo buscaba al leer de chico y sigo buscando, era un libro infantil con hojas de cartón grueso que tenía un pompón rosa grande en la tapa; uno iba pasando las páginas y el pompón se iba achicando; en cada una de las hojas había escrito algo breve que preguntaba y conjeturaba qué podría ser esa cosa rosada y peluda que se iba reduciendo a medida que leíamos y mirábamos. Al llegar a la última hoja, descubríamos que eso era algo que no nos imaginábamos, como un huevo de avestruz o algo así, pero el efecto estaba logrado: la lectura es para mí una prestidigitación que te transforma; no sos el mismo luego de leer. Lograr eso con un texto, tocar algo del lector desde lo más hondo que se quiere comunicar, ya con eso basta. El sentido en que esas lecturas me marcaron siento que fue —y es— sacarme de este mundo, pero para volverme de nuevo con mayor fuerza, para incidir mejor en él. Eso es la literatura para mí. Una evasión para luego enterrarte más en esto en que estamos y que por convención llamamos “realidad”. Un texto ficcional se mide por su capacidad de oscilación entre evasión y baño de verdad propia.

¿Qué autores o autoras han influido en su escritura?

—Va a sonar pedante, ya que a este tipo de cosas las deben decir los críticos literarios, lectores, etc., pero no le escapo al bulto: Chesterton creo que sí. Horacio Quiroga diría que también (tengo cuentos de selva y de terror que buscaban copiar eso). La metafísica de carne de Hesse creo que es algo que quise chorear en su momento. El Tolstoi de El padre Sergio. Kafka obviamente (un gran escritor y amigo cordobés, Hernán Tejerina, me dijo una vez que algunos textos míos le parecían de un “Kafka ligero”; me encantó, es decir, jamás tocar al maestro, pero por ahí rozar algún lejano acorde, algún eco); el Vila Matas experimental; Samanta Schweblin sin quererlo creo que también: maneja el extraño de un modo imposible de escaparle. De los más jóvenes, el estilo aséptico de Tejerina, algunos cuentos de Lamberti, de Radilov Chirov, siento que influyen, pero no puedo mensurar en qué grado.

¿Qué representa la literatura en su vida?

—Mi vida. Deberá ser muy aburrido un libro de mi vida; pero a veces pienso que sigo viviendo porque creo que alguien está escribiendo lo que vivo y hago, como responder esta pregunta, ahora.

¿Qué opina de los géneros literarios (poesía, narrativa, ensayo)?

—Tengo para mí que el género mayor es la poesía. Cuando uno logra meterse en ese universo de símbolos, construido con el afán de destituir lo dado pero para proponer otra cosa, el deslumbramiento es tan voluptuoso como democratizante y hasta diría que peligroso. Recuerdo lo que me produjo Lautréamont, leído en medio de unas vacaciones con mi novia y unos amigos en una casa de verano; las flagelaciones de Vilariño y su intensidad casi silenciosa, en lecturas de biblioteca cuando trabajaba como bibliotecario; la poesía de García del Castaño, de Ceferino Lisboa, Lucas Tejerina; siento que es algo que disfruto pero que yo no puedo construir. Lo mío creo que es la narrativa; tal vez en menor medida el ensayo. Pienso y respiro en formato de narración; las ideas, los sabores, las sensaciones se articulan en mí de un modo narrativo, no poético (claro que la poesía, si el texto es bueno, está en todo, aunque reitero que no puedo juzgar lo mío). El largo aliento me cuesta bastante más, aunque tengo algunos intentos que de a poco van atrapándome y me incitan para ver cómo los continúo. Tengo una nouvelle breve y una novela reescrita ya unas 4 veces pero con la que no me siento afín todavía. Y tengo en mente un par más que —primicia— surgieron en mí como una “Trilogía del horizonte”, es decir un tríptico de novelas pampeanas. (Si muero y quedan las novelas a medio hacer, será sólo una promesa. Veremos qué sale si sale. En el caso de los ensayos, me gusta y siempre los pienso como chispas fundamentadas que deben ser escritos con cierta lucidez y afán de divulgación. Montaigne es un faro en eso para mí; mucho más acá, Alberto Giordano, Jaime Rest, Pezzoni me gustan; Piglia, Ludmer, pero también ensayos de autores como Henry James, Luis Sagasti, Martínez Estrada me parece un ensayista extraordinario, Jitrik, entre varios otros, y bueno, tenemos a Sarmiento. Alguien deslumbrante es Walter Benjamin; sus ensayos se leen como si uno se colocara de a poco una bufanda de perlas; queda apresado por el brillo diáfano de sus ideas. Suelo escribir artículos de opinión y notas que pretenden tener un sesgo ensayístico. Tengo un ensayo bastante largo sobre Kafka y la lectura, que fue finalista en un concurso de ensayos en España y no está publicado.

¿Reconoce un corpus denominado literatura pampeana? Fundamente su construcción.

—Seguramente que lo hay; dije por ahí en alguna nota que no soy precisamente un lector de literatura pampeana. Creo que eso se fundamenta en mi propio camino de escritura: me fui a mis 18 años de La Pampa, pero escribo mucho sobre la matriz existencial que me dejó ese lugar; tal vez no leo para no quedar contaminado. Pero es claro que con el tiempo se ha cimentado eso que llamamos literatura pampeana. Hay poetas notables, Olga Orozco a la cabeza en mi opinión. Recuerdo que de chico, a mis quince o dieciséis años tuve en mis manos una antología de literatura pampeana donde salían Walter Cazenave, Horacio Armani, Diana Irene Blanco, Juan Ricardo Nervi, entre otros. Me impactaron cuentos de Juan José Sena, sobre todo La última noche del imperio. También lo que leí de Eduardo Senac, ensayos de Sergio de Matteo, poemas dispersos de Eugenio Conchez (con quien nos conocimos cerca del 2000 tras haber ganado justamente respectivos premios en el concurso de la APE mencionado en una pregunta anterior: yo gané en narrativa y él en poesía). Hay un autor y amigo que prometía mucho, con quien nos leíamos los textos, (y que sacó el tercer lugar en el concurso de APE). Se llamaba Rodrigo Muñoz. Tiene unos poquitos libros con muy pocos ejemplares; falleció tempranamente, pero sus ideas y su voz tienen algo tranquilo pero que desborda. Me interesa también lo que hace gente joven como Yanina Guiñazú y Bautista Arnaudo.

Si debo fundamentar la construcción de un corpus pampeano diría que existen voces —algunas voces más aletargadas que otras—, que tratan sobre la disfunción de la tierra con el habitante; de allí las derivas que podamos encontrar: en Orozco la magia y el hermetismo telúrico de muchas de sus poesías abrevan en su relación con los surrealistas, pero también con esas sensaciones “pampeanas” de infancia. En el caso de Sena, creo que su fruición está en alzar una voz sin tapujos ni ataduras, para construir un realismo brillante en medio de una noche “mentirosa” de llanura pampeana. Armani tiene otro modo de definirla, en lucha con la nostalgia a través de una costra de barro en el presente perpetuo. Y así con cada creador.  Entonces, más allá de las menciones a la calandria, el arenal, el viento, los cardos rusos, la literatura pampeana es una construcción donde el decir no puede escapar a la tensión sobre cómo nombrar y espacializar literariamente la relación humano-llanura.

¿El escritor o escritora sólo debe abocarse a la producción de su obra, o también debe participar en los debates de su época?

—Contesto con lo que dije hace un tiempo en una nota que salió en varios medios, entre ellos en el diario La Arena. Un escritor que escribe por fuera de su historia queda sin sentido; eso que dijo Nietzsche, de que su contemporáneo era el tiempo, o de que sería póstumo, es una galantería de poca monta; si vemos la obra del alemán sabemos que estaba muy bien clavado en su época, discutiendo cosas de su tiempo, con su propio lenguaje, más cercano a lo poético que a lo filosófico. En la nota, que titulé “La tercera pasión” analizaba que un escritor o escritora deben abocarse a su obra, que es lo que pueden hacer, pero sabiendo que nunca le dan la espalda a la Historia; o mejor dicho, que hacerlo adrede tiene su precio en la misma vida y discurrir del escritor o escritora; y ojo que lo contrario me parece una aberración; escribir solamente a pedido de las alarmas coyunturales de la historia política generan una obra panfletaria, carente de sentido y entregada a un Poder. Todo texto literario está atravesado por coordenadas ideológicas, por lo que siente y piensa del mundo el autor, pero de ahí a vehiculizar ideas políticas de antemano en la constitución de la obra, me parece servil, deshonesto y hasta de mala leche. Por ahí se escucha que ya no hay debates como los que tenían por caso Martínez Estrada y Sabato, Viñas y Castillo, Rivera y Galasso. Creo que hoy en día la cosa es diferente porque es más laxa, porque hay tantos y diversos caminos para encarar los argumentos y posiciones que quedamos a la deriva de una verdad que le cabe a cada quién y desde donde dispara y defiende. Yo aclaraba que la tercera pasión es que justamente un escritor hace su obra en una época que lo performa, lo constituye, y de la que no puede escapar: ni torre de marfil ni poner lo estético al servicio de una política o ideología. Casos hay miles: es más político Rayuela que Libro de Manuel, de Cortázar; diría que es más político y esclarecedor El beso de la mujer araña o The buenos aires affair, de Puig (quien siempre se decía tan lejos de las cuestiones políticas) que un libro como La voluntad, de Caparrós, o Montoneros: la soberbia armada, de Giussani. ¿En qué sentido? En que la literatura reflexiona sin eco, en un vacío para la verosimilitud; pone a disposición elementos que el lector debe manejar y ordenar, de los que no puede escapar; los ensayos políticos o los escritos que no trabajan con la ficción, (bien o mal hechos, bien o mal documentados), ya desde el inicio imprimen la leyenda mental que nos dice más o menos “acá está lo importante, o fijáte que la verdad es esta”, lo que es otra aberración en un texto literario. Los viajes de Gulliver o hasta el teatro de Jarry o Ionesco son manifestaciones estéticas; tiene una verdad política, pero esa verdad está en la forma de tratar sus temáticas; no por ello no van a dejar de develar lo absurdo de una época, las críticas a un sistema social o la inoperancia de gobiernos, pero no es su finalidad: esa construcción se da y nace en el camino lector, no al inicio. 

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