La solidaridad del venezolano

El cronista viajó a Venezuela y retrató la realidad del país caribeño desde diferentes ángulos. Hoy, la personalidad solidaria del venezolano en medio de una crisis sin precedentes, narrada a través de experiencias que vivió. Las últimas entregas de Cangrejo en Retirada.

Que yo sepa, no soy ni chavista ni antichavista, tengo una formación, sí, mi subjetividad y mi experiencia, naturalmente. Soy argentino, es verdad, porque nací ahí, pero me aburre la argentinidad como también aquellos venezolanos o chilenos o suecos o turcos enceguecidos con su país.

¿Que hay problemas graves en Venezuela? Por supuesto, ¿y en Argentina? Ni te cuento. ¿Que no han cambiado la matriz productiva y que han vivido sólo de la renta petrolera y hoy lo paga la gente? Es una verdad ¿Que hay corruptos? A borbotones, como en casi todos lados (no tengo pruebas, no soy fiscal, pero no hay una sola persona que lo niegue) ¿que hay abuso de poder? Pues claro, ¿dónde no lo hay?, ¿Pero que acá se les ha ido la mano? Seguramente.

Personalmente, no me conmueve una caja CLAP. La verdad… una caja de comida no va a despertar algarabía revolucionaria en mí. El plan de vivienda ha sido exitoso. Las vi: son casas amuebladas para gente que nunca podría haber accedido; aunque tampoco se resolvió el tema de los barrios. Se podría seguir enumerando cosas, pero quiero decir que mi único límite es un bloqueo económico y una invasión extranjera. Ahí sí, creo yo, que se está de un lado o del otro. Es la única circunstancia -repito, desde mi perspectiva- que se puede hacer una división entre blanco o negro. El resto de las circunstancias son meras estrategias para la supervivencia política. 

Me aburre la argentinidad como también aquellos venezolanos o chilenos o suecos o turcos enceguecidos con su país”

¿Que este gobierno utiliza ahora también la excusa de la intervención militar como estrategia política para subsistir? No lo sé, no sé si ahora es inminente la invasión, no tengo información secreta. Sí sé que persiste un bloqueo económico criminal y que este año han intentado invadir Venezuela (hay pruebas objetivas y declaraciones de líderes extranjeros y locales que lo certifican). ¿Por qué no han invadido para terminar con todo este cuento, y ya? Por el papelón estadounidense que ni puede planificar un golpe de Estado, por la torpeza opositora, y por una sociedad “arrechamente” militarizada.

¡Ah! ¿Los peligros de una sociedad militarizada?… bueno, ¡no sé!. Es tan compleja la situación, la sociedad, la cultura, tan diversa, contradictoria, que estoy seguro no la voy a comprender nunca, por más tiempo que me quede. Por una única y absoluta razón ontológica: la patria es la infancia.  

Solo puedo asegurar algo, que es mi experiencia acá: la solidaridad del venezolano. ¡”Coño”!, si usted viera con cuánta facilidad un chamo o una chama cualquiera le estira la mano, estoy seguro que el corazón se le apretaría contra su pecho, rebosante de emoción. Si usted viera el despliegue… si verdaderamente usted viera, amable lector, la red de complicidades que esta gente construye para que uno, un auténtico pelagato, un don nadie, se pueda desenvolver cómodamente, no dude de que en las noches de soledad usted se acostaría conmovido con una sonrisa estampada en su rostro.

La patria es la infancia”

“Que no te dejes engañar, pibe, que te tratan bien para que hables bien de ellos”. ¿Verdaderamente alguien piensa eso? Además, ¿Que hable bien de quién? Si no me estoy refiriendo a nadie en concreto. Fíjese usted que no estoy diciendo: “el opositor es malo y el oficialista es bueno”, o viceversa. Nono, nada de eso. Estoy hablando de mi experiencia. 

Y acá les paso a contar una de las tantas: estaba viajando en “bus” a La Guaira, cerca de Caracas. Tenía que tomarme otro, y habíamos ingresado a una zona “peligrosa”. Llevaba una mochila, una cara de extranjero que volteaba y una indumentaria que lo certificaba (tenía bermudas y en el trópico, no me pregunten por qué, no usan cortos). Cuando pregunté a un pasajero dónde me tenía que bajar para tomarme el próximo bus, cinco pasajeros más se acercaron para indicarme. Me advirtieron sobre mi condición de extranjero en esa zona, y cuando me tocó bajar, me detuvieron: “Espérate, chamo“. Observen la siguiente escena. 

Cuatro personas (tres de las cuales no se conocían) que no tenían que bajarse en esa parada, descendieron primero. Yo, finalmente, bajé del bus. Empezamos a caminar. Detrás mío, a menos de un metro, iba una parejita de muchachas agarradas de la mano, que cercaban mi retaguardia. Una viejita de pelo blanco, una cartera y un paragua, permanecía a mi lado. Y delante mío, un señor de unos 55 años, de gran bigote blanco amarronado (seguramente por tabaco), estaba en primera línea, con visión panorámica. Mientras yo me relajaba y me prendía un cigarro en el centro, los extraordinarios individuos me escoltaban formando un círculo aislante hasta la próxima parada, donde le advirtieron al chófer, con el dedo índice apuntándole a la cara: “Me lo dejas en la estación Caribe, ¿oíste?”. Y se fueron. Y yo nunca más los volví a ver. Nunca más. Sino cuando abro los más preciados cajones de mis recuerdos.

Mientras yo me relajaba y me prendía un cigarro en el centro, los extraordinarios individuos me escoltaban formando un círculo aislante hasta la próxima parada”

¿Se da cuenta? ¿Ha visto usted acto más lindo y hermoso? ¿Como el venezolano lo cuida a uno, así como así? Y tengo muchas anécdotas más. Pero lo que quiero decir es que, más allá de todo, más allá de que esta simple nota llegue a pocas personas -incluso si llegara a muchas audiencias-, no cambiaría absolutamente en nada el devenir de Venezuela. Porque si tiene que caer, caerá. Si tiene que florecer, florecerá. Y con esto no digo que creo en el destino -soy un escéptico-. Digo, pues, que a fin de cuentas el devenir de la historia la deciden unas pocas personas. Ejemplo: un botón rojo en el norte. Otro ejemplo: por más del esfuerzo de una comunidad, si unos pocos vivos de color aceituna siguen manejando áreas estratégicas…

Entonces, ¿por qué el venezolano le sirve a usted, con ese desparpajo caribeño, un plato de comida, una arepa o lo que sea? Cuando acá justamente el problema central son los alimentos.

Ojo, también está la otra cara, aquellos que te ven de afuera y que quieran aprovecharse a toda costa. Pero, con mayor fuerza, aparecen los que no te dejan ir a ningún lado solo, los que te organizan el modo de movilización, quienes te llaman, te escriben: “coño, háblame de cómo estás? ¿Qué necesitas”, entonces vos les decís : “Pim, pam, pum”, y te responden: “A la orden”.

¿Por qué el venezolano le sirve a usted, con ese desparpajo caribeño, un plato de comida, una arepa o lo que sea? Cuando acá justamente el problema central son los alimentos”

Y yo pienso, en mi interior, que puedo tranquilamente volver a la comodidad de mi casa en Argentina, tranquilo ahí, y mofarme de todos ellos; es más, puedo hablar peste de sus convicciones y su sociedad. Si no saben quién soy, no saben si soy un infiltrado, alguien que los va a engrupir o un tipo que aburrido se fue para tener “nuevas experiencias”. 

Y sin embargo, entre toda esta vorágine, entre todo este gran drama, entre todo este desgaste, el venezolano te extiende la mano. 

97 thoughts on “La solidaridad del venezolano

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