Camas

“Hace poco, y a raíz de un tratamiento por un problema de garganta, la médica me sugirió colocarle libros en las patas delanteras de mi cama -ahora grande-. La imagen risueña de “los libros que usarías para poner en las patas de la cama” se convirtió en algo real. Cada lector, imagino, debe tener ese placer del dios -o diablo- bibliófilo que sabe qué libros colocaría para equilibrar (o inclinar, como en mi caso) su cama”.

No recuerdo el respaldo de la cama de mis padres. Hay cosas que se pierden. ¡Cuántas cosas se pierden! De hecho, hago fuerza con la memoria -si es que eso puede hacerse- y no, no hay caso. En la cama de mis padres yo dormía de niño cuando tenía miedo (o al lado, en el suelo; aunque helado, conciliaba el sueño más tranquilizador) pero a veces, porque buscaba exorcizar la diferencia en el sueño que habría entre una cama grande y una individual, como eran la mía y la de mi hermano. Ese respaldo me supo vigilar de pequeño, y lo perdí.

Hace poco, y a raíz de un tratamiento por un problema de garganta, la médica me sugirió colocarle libros en las patas delanteras de mi cama -ahora grande-. La imagen risueña de “los libros que usarías para poner en las patas de la cama” se convirtió en algo real. Cada lector, imagino, debe tener ese placer del dios -o diablo- bibliófilo que sabe qué libros colocaría para equilibrar (o inclinar, como en mi caso) su cama sin ningún tipo de desesperación ni ansiedad por leerlo: para que vegete allí tranquilo. Y servir para algo, moraleja de la mordaz frase anterior.

Busqué en la biblioteca, y debo reconocer que me frené, no fue al tun tun: debían ser dos libros parejos en tamaño, ver si de tapa dura o no, si viejos o no tanto, entre otros rubros, antes de extraerlos. Encaminé mi brazo hacia uno de Heinrich Böll, donde salen juntas varias de sus obras. Pensé, ya que lo tenía cerca, en La montaña mágica, de Thomas Mann que, aunque de tapa blanda, es un poco la historia del tiempo y el cortejo amoroso de Castorp con la enfermedad, la vitalidad de la enfermedad. Y reflexioné: ¿no debería poner libros en las patas que tuvieran algo que ver con el sueño, el inconsciente, la ensoñación? Lo descarté. Elegí dos libros similares, edición Seix Barral, de David Herbert Lawrence. En uno hay relatos y en el otro hay novelas. Así quedaron -final y simétricamente elevadas- las patas de la cama.

Lawrence es uno de esos escritores que seducen por el erotismo que despliega en sus tramas, por la pasión enfática, atribulada, aunque sin caer en el desparpajo ni en la obscenidad gratuita. Tanto Mujeres enamoradas como El amante de Lady Chatterley son dos grandes textos. Uno ingresa en este último, y entre hachas, camisas leñadoras, camas o hierba, diálogos contritos y movimientos espirituales, pero más físicos, se sumerge en lo que Lawrence siempre quiso marcar con su literatura: la revestida hipocresía de la burguesía inglesa de inicios del siglo pasado, donde sensaciones y pasiones batallan contra la razón y la moral. (Antes de colocar los libros, me tomé el tiempo para abrirlos y ojearlos, como si me despidiese de ellos por un tiempo.

Ahora la pregunta: ¿Qué libros pondría cada uno? La o las camas, las pienso como territorios de estepa, planicies oscuras donde debajo de las sábanas, de niño, pero también de adolescente, podían surgir esos puntos de fuga y del deseo tan caros a Gilles Deleuze. Encerrados, pero para encontrar vectores de salida. ¿No es acaso un encierro el dormir y una cárcel elegida el mueble que usamos para ello?  Cuando nos enteramos que pasamos la tercera parte de nuestra vida durmiendo, no podemos no creer que somos esencialmente frágiles, graciosos. ¿No puede ser el libro ahí abajo una alerta o un señuelo para no procrastinar su lectura, o jugar a su lectura antes de dormirnos?

Me quedo con el cuadro de Van Gogh, ese donde sale una cama imponente, con una mesita chiquita al costado, dos sillas, cuadros inclinados en la pared, una ventana, una toalla o manta colgada en un pinche en la puerta, y colores Van Gogh. El título de la pintura es “El dormitorio en Arlés”, sitio de Francia éste último que el pintor holandés supo escoger para las exploraciones estéticas de ese período suyo. El dormitorio en Arlés: la cama busca comérselo todo, con un respaldo que parece la guarda imperial.

Cada uno de ustedes, estimados lectores, puede hacer el siguiente ejercicio: repasar en, no sé, cuatro minutos, las camas que han sido de su pertenencia, o mejor dicho que pertenecieron a etapas de sus vidas, a lo que soñaron en ellas, lo que disfrutaron y lo que padecieron, con el respaldo como custodio, con los libros -imaginarios o literales- debajo de las patas. La de Van Gogh seguro tendría una obrita de Antonin Artaud. ¿Qué se pierde cuando con el tiempo uno pierde una cama, la imagen o el recuerdo de ella? Ya escribió Thomas Mann: “El tiempo, en realidad, no tiene cortes, no hay trueno, ni tempestad, ni sonido de trompetas al principio de un nuevo mes o de un nuevo año e incluso en el alma de un nuevo siglo; únicamente los hombres disparan cañonazos y echan al vuelo las campanas”. Propongo una revolución: pongamos libros que nos gustan debajo de las patas de nuestras camas, como campanas que borren el tiempo. De esa manera, y gracias a una promesa de lectura, será más difícil olvidar la imagen del mueble que nos ha cobijado y cobija sin pedirnos tanto a cambio.

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