A partir del tomo V de Vicente Sierra, de «Historia de la Argentina»; el tomo 2 de «Historia Argentina», de José María Rosa; el trabajo de Martín Lazcano titulado «Las Sociedades Políticas Secretas y Masónicas en Buenos Aires (1785-1816)»; la obra del padre Guillermo Furlong, que lleva por nombre «El General San Martín», y material audiovisual de Pablo Yurman, vamos a analizar el siguiente análisis histórico. El mismo se enfoca en investigar el respeto a la tradición católica de San Martín y sus desavenencias relacionadas con lo clerical. También daremos cuenta de su odio a todo lo francés y su idea de Independencia Continentalista, fuera de toda injerencia británica. Por último, vamos a intentar despejar las dudas de si fue o no masón y si la Logia Lautaro era masónica o solo una sociedad secreta que no responde a la francmasonería internacional.
San Martín arribó a Buenos Aires en marzo de 1812, a bordo de la fragata inglesa George Canning, lo cual va a deparar toda clase de conjeturas sobre si estuvo afiliado o no a sociedades masónicas, las cuales comenzaban a estar en auge por aquellos tiempos. Era acompañado por varios militares que habían estado combatiendo para el ejército español.
Para ir despejando conjeturas, primeramente vamos a analizar el texto del historiador argentino Vicente Sierra, denominado «San Martín y la Logia Lautaro», que se puede leer en el tomo V de sus volúmenes de «Historia Argentina»:
Vicente Sierra escribe lo siguiente: «El primer enigma en torno a su llegada a América es su abandono de la metrópoli europea y dedicar en adelante sus esfuerzos a la independencia de América». Para poner esto en marcha, se contacta con el venezolano Francisco de Miranda, por intermedio del conde de Puñonrostro, según los registros de logias masónicas de americanos que presionaban en Cádiz y en Londres, entre las que destacan la Orden llamada «De los Caballeros Racionales» y «La Gran Reunión Americana». En relación con esto, hay una carta de San Martín, en 1848, a Ramón Castilla, en la que dijo lo siguiente: «En una reunión de americanos en Cádiz, sabedor de los primeros movimientos americanos acaecidos en Caracas y en Buenos Aires, resolvimos volver a nuestros países a fin de prestarles nuestros servicios en las luchas venideras». Sierra también agrega lo siguiente, poniendo como prueba un documento emanado por el Ministerio de Guerra de España, fechado en Cádiz el 20 de febrero de 1813 y publicado por Ricardo Pichirilli, después de dar el nombre de los militares llegados en la fragata George Canning: «Su excelencia, en consecuencia, me manda a decir a vuestra Señoría, como lo ejecuto, no ser cierta cual en esa —se refiere a la Gaceta de Buenos Aires— se asegura haber conseguido su superior licencia a dos individuos cuyo destino no es Montevideo ni Londres. Si es cierto que San Martín obtuvo su retiro para la ciudad de Lima, por real despacho el 19 de diciembre de 1811».

De este modo, queda claro que San Martín no fue un desertor del ejército español, sino que pidió que se le diera la baja y que, por otro lado, al estar España invadida por Napoleón, no existía operativamente ningún ejército español. Por su parte, Carlos María de Alvear, que también viajaría y, a diferencia de San Martín, fue masón, obtuvo su licencia el 12 de septiembre de 1810, mientras que Eduardo de Holmberg lo hizo el 17 de septiembre de 1811.
A diferencia de estos tres mencionados, Vera, Chilavert y Zapiola sí eran desertores del ejército español.
Según Vicente Sierra, este documento testimonia en forma indubitable la fecha en que San Martín pidió su autorización para pasar a Lima. Cuando el 31 de julio de 1819 elevó su renuncia al Ejército de los Andes, dijo lo siguiente: «Hallábame al servicio de España en 1811, con el empleo de Comandante de Escuadrón del Regimiento Borbón, cuando tuve las primeras noticias del movimiento general de las Américas. Su objetivo primitivo era su emancipación del gobierno tiránico de la península. Desde ese momento, me decidí a emplear mis cortos servicios a cualquiera de los puntos que se hayan insurreccionado. Preferí venirme a un país nativo, en el que me he empleado en cuanto a todo lo que ha estado a mi alcance».
A partir de esto, queda claro que San Martín no era solo un hombre de ideas militares, como lo describe falsamente Mitre en la historia oficial argentina, sino también un hombre de ideas políticas, ya que el nacido en Yapeyú, con esta carta, deja sentenciado que ya había juzgado el destino del Imperio español. El mismo no se dirimiría en la península, sino en América, especialmente a sabiendas de que España estaba invadida por Napoleón desde 1808.
Lo que es posible, según se desprende de la historia narrada por Vicente Sierra, es que San Martín quizás haya estado aliado momentáneamente con el plan Maitland de los ingleses para dominar América. Esto se debió a que estaba subordinado a las tropas inglesas que colaboraban con los españoles en la defensa contra la invasión de los franceses. Sin embargo, esto no implica que San Martín terminara siendo un instrumento para el fin inglés, ya que apenas pisó América su objetivo fue la emancipación americana por encima de cualquier interés europeo. San Martín siempre se refiere a la independencia como «americanista» antes que argentina, debido a que apostaba a la unidad continental o lo que hoy se denomina «La Patria Grande».
Que los cuatro virreinatos americanos —Virreinato de Nueva España (1535), Virreinato del Perú (1542), Virreinato de Nueva Granada (1717) y Virreinato del Río de la Plata (1776)— terminaran divididos en 20 repúblicas jamás fue la idea del general San Martín. Si, en cambio, fueron culpables y responsables personajes subordinados a la influencia sajona, como Carlos María de Alvear o ese ser «de pocas luces y apagadas», llamado Bernardino Rivadavia.
Remitiendo a Carlos María de Alvear, compañero de San Martín en la Logia Lautaro, vale la pena aclarar el concepto de logia (sociedades secretas que cobran fuerza entre finales del siglo XVIII y comienzos del siglo XIX), pero que existieron desde cientos de años atrás. La principal diferencia va a estar dada en que al concepto histórico de «sociedad secreta» se le va a unir la ideología denominada «masónica», lo cual sí fue novedoso a comienzos del siglo XIX.
Relacionado con esta unión, Sierra sentencia lo siguiente: «Contribuyeron a oscurecer el problema sobre la Logia Lautaro las ideas que Zapiola proporcionó a Mitre y cuantos posteriormente escribieron sobre el tema. Las contradicciones que se anotan en las informaciones, las diferencias en las fechas y en los detalles. Todo hizo que la fantasía sea motivo esencial de la literatura gestada por tal cuestión. Uno de los tantos supuestos es que la Gran Unión Americana y la Logia Lautaro fueron una misma cosa. Que San Martín haya sido iniciado en la masonería es un hecho notorio. A esto se suma que la oportunidad de la iniciación masónica tuviera lugar en Gran Bretaña, a raíz de haber caído prisionero de los ingleses con motivo de su bautismo de fuego en el combate naval de San Vicente de 1804».
Lo que está diciendo Sierra es que San Martín no comienza a ir a reuniones de logias masónicas cuando estuvo en Inglaterra, tres meses antes de arribar a Argentina, sino que recibió invitaciones ya estando en la ciudad española de Cádiz.

Más allá de que haya aceptado la invitación, no lo convierte automáticamente en masón, debido a que toma sus decisiones políticas y militares estratégicas de acuerdo con sus intereses. Esto se observa claramente cuando desobedece al Directorio de Buenos Aires, encabezado por José Rondeau, y prosigue su marcha (1819/1820) rumbo al Perú.
Volviendo a la batalla de San Vicente (14 de febrero de 1797), San Martín logra regresar a España a través de un canje de prisioneros. Vicente Sierra relata que los liberados fueron beneficiados debido a la intervención de la masonería británica, pero especifica en su texto lo siguiente: «Que las reuniones de los americanos en Cádiz y en Londres adoptaran normas masónicas para considerar la situación de América es comprensible, pues ni en España ni en Inglaterra durante 1811 se veían con simpatía las tendencias independentistas. Pero todo eso no explica por qué San Martín se decidió por tal propósito. Se ha dicho que tras él y sus amigos estaba la voluntad inglesa, pero nada menos cierto», y escribe a continuación: «En una carta de Manuel Castilla a Robert Stappel, designado cónsul inglés en Buenos Aires en 1812, de la cual existe una copia dada a conocer por el historiador argentino Enrique de Gandía, San Martín fue acusado de agente francés y acusado falsamente de recibir dinero por parte del ayudante de campo del mariscal Victor, que también estuvo prisionero en Cádiz».
Por otra parte, también se cita a Manuel de Castilla cuando se relaciona la llegada de San Martín y su cofradía con el nombramiento de Pueyrredón como miembro del Triunvirato. Sierra desmiente esta idea alegando: «Si hay algo por lo que se puede considerar a San Martín, es el odio con el que juzgó todo lo francés, como reacción a las escenas de horror que había visto realizar a los soldados de Napoleón. Cuando evocaba esos recuerdos, se exaltaba sin poder dominarse». Esto que comenta Sierra está testificado en las diversas cartas íntimas que dirigió San Martín a sus familiares y amigos.
A partir de todo esto, podemos sumar al análisis de Vicente Sierra, en relación con las características de la Logia Lautaro, el análisis del padre jesuita Guillermo Furlong en su libro titulado «El General San Martín». En el mismo, el padre Furlong se pregunta si San Martín era masón, católico deísta o teísta, analizándolo desde el punto de vista formal católico. Así, constata que San Martín se casa por la Iglesia y también bautiza a su hija.
Otro punto de vista es el del historiador José María Rosa. Este confirma que San Martín se inicia en la masonería frecuentando reuniones en Londres, pero que nunca llegó a tener un cargo jerárquico en la misma, a diferencia de Carlos María de Alvear, Julián Álvarez, Roque Pérez, Gregorio Tagle, Bartolomé Mitre o Domingo Faustino Sarmiento. José María Rosa es aún más pragmático, alegando que en la Buenos Aires de 1812, para hacer carrera, solo había dos opciones. Una era estar bajo el ala de la Iglesia, y San Martín, en relación con esto, era católico, pero no muy afín a lo clerical. El otro camino era la masonería, que actuaba en las sombras, poco conocida y que garantizaba el secreto y la camaradería. San Martín decide inmiscuirse en las logias, pero bajo su concepto de secretismo, no como masón.
En relación con la Logia Lautaro, Sierra describe lo siguiente: «Los viajeros llegados en la Fragata Canning arribaron a Buenos Aires en 1812, teniendo planes concretos de acción. Una vez en suelo americano organizaron lo que se llamó la Logia Lautaro, entidad destinada a constituirse en centro directivo de la acción política». Es muy importante destacar que la revolución de San Martín de 1812 tomó por sorpresa a los dirigentes de Buenos Aires, ya que por aquel entonces no había partidos políticos.
Prosigue Sierra con las siguientes palabras: «Con la creación de la Logia Lautaro se procuró dotar a la Revolución de una meta precisa y clara: la Independencia. La Logia, por su parte, funcionará como un organismo rector para la mejor realización de sus fines». ¿Fue la Logia Lautaro un organismo masónico?, se pregunta Sierra, y recurre al trabajo de Martín Lazcano titulado «Las Sociedades Secretas Políticas y Masónicas en Buenos Aires 1795-1816». En dicho trabajo, el porteño y masón Lazcano lo ha negado rotundamente, incluso contrariando las historias descritas por Bartolomé Mitre, a partir de la base de la dudosa información que este obtuvo de parte del general Zapiola. Hay que destacar que Zapiola, debido a su edad y sus achaques, no se encontraba con la habilidad mental para evitar confundir hechos reales con circunstancias de la memoria.
Sierra también intenta despejar un interrogante clave: ¿Fue la Lautaro una entidad secreta de ritual masónico en cuya composición intervinieron mayormente masones? Retoma a Lazcano, que investigó muchos aspectos de su organización y cada uno de los informes que Zapiola envió a Mitre. Así demostró que la Logia Lautaro no pasó de ser una de las tantas sociedades secretas que, en el curso del siglo XIX, lucharon por la liberación de los regímenes gubernamentales similares a las organizaciones de tipo «carbonarias» (Italia), ajenas en absoluto a la injerencia de la francmasonería.
Hay un documento de Lazcano que parece concluyente: «Cuando en 1820 se produce la caída del régimen directorial, previa desobediencia civil de San Martín a la Logia Lautaro en 1819, el delegado del gobierno de Chile en Buenos Aires, Miguel de Zañartu, que era miembro de la Logia Lautaro de Buenos Aires y de la de Santiago de Chile, envía una carta a O’Higgins donde le hizo saber de una serie de hechos en los cuales imputó a los masones que ocupaban cargos en la Logia Lautaro. Su fin era prevenir a O’Higgins de la Logia Lautaro (O’Higgins también era masón). Específicamente, Miguel de Zañartu denunció la acción de las logias masónicas y dio el nombre de una de ellas, denominada «Del Sol», que actuaba en contra de la Logia Lautaro de Chile. Todo esto demuestra que los lautarinos no fueron necesariamente masones, ni la organización, fuera de los rituales, tuvo mucho que ver con las logias auténticamente masónicas».
De los documentos que expone Martín Lazcano en su libro sobre las logias secretas y masónicas se desprende que los lautarinos, antes que nada, quisieron independizar y organizar América dentro de normas constitucionales que garantizaran la libertad civil y la igualdad ante las leyes. En tal sentido, con la organización logista lo que se procuró fue crear una entidad que sirviera a los gobiernos de guía y consejera ante la carencia de organizaciones políticas con ideas precisas de gobierno. La falta de ideas certeras dejaba a estos a merced de las improvisaciones, sin saber en quién confiar ni en quién apoyarse.
El carácter de este tipo de logias secretas no masónicas se vio con total claridad en 1816, cuando, al tener que hacerse cargo Juan Martín de Pueyrredón como Director Supremo, San Martín lo instó a reorganizar la Logia Lautaro y entrar como miembro de la misma, para utilizarla como organismo de orientación y consejo, que tenía la suprema aspiración de afirmar la Independencia de América por encima de cualquier otro interés extranjero.
Para finalizar, podemos agregar el accionar de la Logia Lautaro derrotando al Primer Triunvirato el 8 de octubre de 1812, al comando de San Martín y Alvear. Esto se debió a que, más allá de Chiclana, Paso y Sarratea, las directrices de ese Primer Triunvirato eran dadas por Bernardino Rivadavia, un infiltrado de la causa patriótica ligado a intereses liberales anglosajones y, por ende, masones (como hacer ocultar la bandera creada por Belgrano o su fidelidad a los consejos de Gran Bretaña). La Logia Lautaro era principalmente una organización secreta con fines políticos americanos continentales, no colonialistas europeos.
Esto se observa en cómo promueven la Asamblea del Año XIII (1813-1815), que debió declarar la Independencia, pero que finalmente no hizo absolutamente nada por eso, sino todo lo contrario. Ahí se puede perfilar nítidamente la diferencia entre Carlos María de Alvear, que sí era masón, y José de San Martín, que no lo era. San Martín quería la independencia de España de las Provincias Unidas del Río de la Plata, mientras Carlos de Alvear cobardemente envió un mensaje, a través de su ministro de Relaciones Exteriores, Manuel José García, al primer ministro británico Lord Castlereagh, en el que le ofrecía las Provincias Unidas del Río de la Plata en protectorado de Gran Bretaña.
Finalmente, el 9 de julio de 1816 se declaró la Independencia de las Provincias Unidas del Río de la Plata, que, a diferencia de Buenos Aires, tenía como fin mantener la unidad territorial del Virreinato del Río de la Plata y la visión continentalista y de Patria Grande que perseguía José de San Martín, a diferencia de la masonería, que trabajaba a favor de lograr la balcanización del Virreinato.
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