La pérdida de poder adquisitivo está cambiando la forma de comprar carne. En las carnicerías de barrio, los clientes reducen cantidades, dejan de lado cortes tradicionales y buscan alternativas más económicas. La última tendencia es la carne picada de pollo, que empieza a ocupar el lugar que durante años tuvo la vacuna.
Según la Cámara de la Industria y Comercio de Carnes (CICCRA), el consumo de carne vacuna cayó a 46,3 kilos por habitante al año en julio, un 9,4% menos que en el mismo mes de 2025. Son 4,8 kilos menos por persona en apenas un año.
La diferencia de precios ayuda a explicar el cambio. Mientras la inflación acumulada en los últimos 12 meses fue del 34%, los cortes vacunos aumentaron 52%. El pollo entero, en cambio, subió 22,9%.
Del corte barato a la carne picada de pollo
El cambio de hábitos comenzó con la búsqueda de cortes más económicos, como la pata muslo, las alitas y la carcasa para caldo. Ahora, esa lógica llegó a la carne picada.
En carnicerías bonaerenses, el kilo de pollo picado se consigue entre $5.180 y $8.000, mientras que la carne vacuna picada parte de los $8.000 y puede superar los $11.000 en sus versiones especiales.
El fenómeno no es exclusivo de Buenos Aires. En Jujuy y Córdoba ya se comercializa carne picada de pollo congelada en presentaciones de varios kilos, a precios inferiores a los de la carne vacuna.
El pollo también viene ganando terreno en el consumo general. Según el Centro de Empresas Procesadoras Avícolas (CEPA), en 2025 se consumieron 49,4 kilos por habitante, un récord histórico. Además, las ventas de trozados económicos, como alitas y carcasa, crecieron 18% interanual.
El cerdo aparece como otra alternativa. En supermercados, el kilo de carne picada ronda los $5.799, por debajo de varias opciones vacunas.
La transformación también alcanza a productos antes relegados: aumentó la demanda de menudos, hígado y corazón de pollo, mientras el bife de muslo gana espacio como reemplazo de la milanesa de pechuga.
Con la carne vacuna cada vez más lejos del bolsillo, las carnicerías empiezan a mostrar un nuevo mapa de consumo: menos vaca y más alternativas para poder sostener la proteína en la mesa.



