Es viernes. Viernes 5 de junio. La mañana en Tandil está nublada y hay amenaza de lluvia. Santi prepara su desayuno mientras masajea su garganta. Por la noche tocan en Vorterix. Semanas atrás tuvieron que cancelar un show en el teatro porteño por unas anginas que habían afectado la voz de Rey Garufa y la banda se vio obligada a reprogramar la fecha para el viernes 5 de junio.
Santi toma su café. Son más de las 9 y todavía no chequeó su celular. De fondo, en la tele, está el programa conducido por Mario Pergolini, donde lleva adelante una entrevista poco atractiva con Gonzalo Bonadeo. Santi todavía no vio su celular. Deja el café sobre la mesada y, en el momento en que va a iniciar la primera scrolleada del día, Pergolini interrumpe la nota y da la noticia de que murió el Indio.
Santi levanta la mirada y la fija en la tele. Pergolini, desconcertado, trata de hilar alguna frase limpia, pero la perplejidad se impone. Santi está shockeado. Separa una de las sillas de la mesa, la lleva hacia él y se sienta lentamente. Ahora toma posesión total del teléfono y viceversa. Los mensajes caen como una catarata desbordada. En el grupo de WhatsApp de Rey Garufa, los integrantes de la banda empiezan a despabilarse los unos a los otros con la muerte de uno de los responsables de darle sentido a sus vidas.

Luego del estupor, y ya habiendo descartado que se trate de una fake news, los pibes se preguntan qué van a hacer con el show que está programado para esa misma noche. Santi dice que lo mejor sería cancelarlo.
“No quiero tocar, no creo que pueda hacerlo”.
Al mismo tiempo, la casilla de mensajes de Instagram estalla.
“Loco, ni se les ocurra no tocar esta noche. Los necesitamos”.
“Díganme que no van a cancelar, por favor. Estoy hecho mierda”.
“No puedo creerlo, chabón. Toquen hoy, se los suplico”.
“No tengo entrada, pero me voy a mandar igual. Los amo, vieja. Aguante el Indio”.
Esos mensajes dejaban intuir que no se trataba de otra tristeza más a la cual acostumbrarse.
Otro de los mensajes que cae es de uno de los managers del teatro. “Las entradas están agotadas”.
La decisión fue tocar. Santi dejó el café a medias. Se tiró en la cama y, a los pocos minutos, armó su equipaje. 359 kilómetros separan Tandil de Capital Federal. A las 15, la prueba de sonido.
Al entrar al teatro, los empleados consuelan a los músicos como si fueran familiares del Indio. De algún modo lo son. Cada misa fue en familia.
La prueba transcurre sin complicaciones. Santi se desconecta los in-ear y da una vuelta en silencio por el teatro. Piensa que va a ser la primera vez que va a tocar temas del Indio sin el Indio. Una sensación de vacío lo sacude.
El manager de Vorterix se acerca y les comunica que existe la posibilidad de cortar la calle y tocar a puertas abiertas. Los integrantes de la banda quedan sin reacción. Un hilo de frío recorre la espina dorsal de Santi.
“Estamos esperando que las autoridades de CABA nos habiliten”, dice uno de los responsables del teatro.
Finalmente, la habilitación no se concretó.
Quedan minutos para salir al escenario. El Vorterix es un cóctel de angustia y euforia. Santi se pone una campera que completa el vestuario que trata de emular al utilizado por Solari en Tandil 2016. Se coloca una gorra y baja la visera a la altura de sus ojos.
Abre una botella de agua y toma casi la mitad de un sorbo. Mueve su cuello de un lado a otro, relaja los hombros, mira hacia el techo y deja caer los párpados. Suspira y avanza hacia el escenario junto al resto de Rey Garufa.
Los rostros que ve debajo de él son de orfandad. Tipos y tipas que no se cayeron del cielo, pero sí de algún lugar. Una casa, una calle o un bar muy triste.

“Me llevás de nuevo a ese día y un poco me conmueve”, dice Santiago Núñez en diálogo con BIFE al recordar ese viernes 5 de junio, a días de tocar en el Club San Martín y por primera vez en Santa Rosa, de la mano de la productora Rancho Aparte.
Rey Garufa fue convirtiéndose poco a poco en la banda más convocante y mejor considerada de las decenas que le rinden tributo a Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. El paso a la inmortalidad del Indio no movió demasiado el amperímetro de la popularidad de la banda tandilense, porque, sencillamente, la fiebre ricotera nunca fue un activo en baja, y el salto de ellos lo pudieron dar antes.
El calendario abarrotado de fechas casi no difiere del previo al 5 de junio. El punto de quiebre, según recuerda, llegó a partir de la exposición que tuvieron con el documental “Piedra que late” y luego con el stream homenaje en Olga, cuando empezaron a aparecer llamados de otras ciudades.
Para Santi, la diferencia con otros tributos de Los Redondos está, justamente, en reconocer hasta dónde pueden llegar.
“Lo que tiene Garufa es que sabemos muy bien nuestras limitaciones”, explica. Copiar a Los Redondos de manera exacta es, para él, una pretensión imposible.

“Los Redondos son imposibles de imitar, copiar igual, porque eso es una cuestión lógica, de talento. Entendiendo eso, después, con lo que tengo, veo lo que hago. Y la gente lo entendió y nos puso en este lugar”, sostiene.
“Hay gente que va a decir que sale parecido, pero no deja de ser quizá una caricatura que marca los picos, que nunca va a ser igual a la obra, pero sí que es bien representada”, dice Núñez.
Este sábado llegan al Club San Martín con un show XXL, con las obras cumbres y clásicas y las que alguna vez fueron llamadas inéditas.
A LOS BIFES
-
Emergencia de Salud Mental en La Pampa: la demanda creció 40% y la Provincia duplicará las camas e invertirá $12.000 millones
-
Del casco de albañil al certificado de discapacidad: las ofrendas a San Cayetano reflejan el deterioro del trabajo
-
Rosas y la Patagonia: La Conquista del desierto noblemente humanista y soberana de Rosas olvidada por el demoliberalismo y la progresía globalista



