Vamos a tomar como fuente de información fidedigna el tomo III de Historia Argentina, de Para Muchos, de uno de los mejores historiadores de la Argentina, llamado José María Rosa.
Muchos conocemos la Conquista del Desierto realizada por Julio Argentino Roca entre 1878 y 1885. Sin embargo, hubo una Conquista del Desierto patagónico 50 años antes, protagonizada por Juan Manuel de Rosas, entre los que estuvo también Facundo Quiroga, comandando una de esas columnas que estuvieron en territorio patagónico entre 1833 y 1834.
El Ejército de los Colorados inició su partida el 8 de marzo de 1833 desde San Miguel del Monte, llegando hasta Bahía Blanca. A partir del arribo a dicha ciudad, remontó los ríos Negro y Colorado hasta llegar a la isla de Choele Choel.
Rosas había heredado el problema de los malones indígenas, ante los cuales no se había hecho mucho desde 1810. Los principales conflictos se centraban en las tribus que ocupaban lo que hoy sería el centro-sur de la provincia de Buenos Aires, la actual provincia de La Pampa y Neuquén. Las autoridades virreinales nunca dieron a esto mayor entidad debido a la realidad demográfica de la Argentina de aquel entonces y a las enormes distancias geográficas que iban desde Buenos Aires hasta el norte de la Patagonia actual. Sin embargo, los malones seguían invadiendo estancias, fortines y poblados de aquellos lugares.

Este problema se agravó cuando los pobladores indígenas originarios de la cordillera del lado argentino, que eran los araucanos, fueron desplazados por los mapuches que venían del sector chileno, con la consecuente inmigración del pueblo araucano hacia sectores más cercanos a fortines y poblados.
Rosas, habiendo gobernado entre 1829 y 1832, rechazó la reelección porque quería liderar una campaña hacia el desierto patagónico. Lo apoyaron y lideraron otras columnas Facundo Quiroga y Estanislao López. La política de Rosas era concreta: afirmar la soberanía argentina en dicho sector, que ya estaba siendo topografiado por investigadores y científicos británicos. Por lo tanto, a las tribus que eran hostiles las iba a amedrentar y castigar, especialmente a las que saqueaban y se llevaban cautivas a mujeres. Pero, al mismo tiempo, llevó adelante una política de alianzas y pactos con las tribus pacíficas, las cuales constituían la gran mayoría de la Patagonia de aquel entonces.
Hay que recordar que Juan Manuel de Rosas había crecido en su estancia conviviendo con los indígenas, y lo que quería era ampliar las fronteras para expandir la explotación agrícola y ganadera, especialmente en la provincia de Buenos Aires, e incorporar a las tribus indígenas, no segregarlas, lo que era muy diferente a lo que iba a realizar Julio Argentino Roca casi 50 años después.
Tomando extractos del tomo IV de Historia Argentina, de José María Rosa, vamos a describir a las tribus que habitaban los territorios antes mencionados del centro y sur de Buenos Aires, La Pampa y Neuquén:
“Los indios pampas, con Cachul y Catriel, eran los más pacíficos. Habitaban las zonas de las sierras y tenían sus principales tolderías en Trandil, lo que hoy sería Tandil, y Calful, hoy ciudad de Azul. Estaban en buena armonía con el gobierno y se concebían como amigos e incluso, junto a Rosas, tomaron partido por él en la guerra contra los unitarios.
Los borogas, originarios de las Salinas Grandes, ubicadas hacia el oeste, habían llegado de Chile alrededor de 1810 y obedecían a Rosas, pero no en su totalidad, ya que parte de ellos fueron liderados por contrabandistas y los hermanos Pincheira, que azotaron numerosas veces la ciudad de Bahía Blanca.
Finalmente, estaban los ranqueles (rankulches), habitantes de los cañaverales. Vivían cerca de las lagunas del sur de Córdoba, San Luis y Santa Fe. Estos eran los más peligrosos y, aunque estuvieron en la Conferencia de Paz que dio Rosas en el Guanaco, su terrible Gulmen (autoridad o cacique político), llamado Yanquetruz, y su cacique Painé, inducidos por los hermanos Pincheira, a los que se agregaba el cacique Chocorí, realizaban continuos malones sobre las poblaciones puntanas y mendocinas, más indefensas que las porteñas”.

Como verán, José María Rosa no menciona la palabra “mapuche”, de la cual no aparece ningún registro en la historiografía de los siglos XIX y XX, ya que no se lo reconoce como un pueblo indígena originado en la Argentina.
Para José María Rosa, es importante distinguir una tribu de su líder de los contrabandistas y delincuentes que también había entre los pueblos indígenas. El historiador relata:
“Poco antes del exterminio de los Pincheira, 2.000 indios chilenos de lanza se establecieron en la isla de Choele Choel, sobre el Río Negro. Vinieron por la fuerza y los mandaba el cacique Chocorí. La isla de Choele Choel, por su extensión y buenos pastos, era lugar de pastoreo y descanso de las haciendas que venían por el Camino de los Chilenos. Después de la travesía desde Pichimahuida, en el Colorado, Choele Choel se presentaba como un edén de verdura.
Chocorí había secundado por un momento a los Pincheira, pero acabó por hacerse independiente y sustituir a sus jefes. No era un ‘Gulmen’ (cacique), no mandaba un pueblo sino a un grupo de indios alzados dedicados a atacar poblaciones y contrabandear. Su reino era solamente la isla de Choele Choel, y desde allí trataba con Rondeau (cacique, no confundir con José Rondeau, miembro de la Primera Junta) y Yanquetruz la compra de vacas robadas que pagaba con licor y fusiles.
Mantenía guerreros armados y adiestrados para custodiar su persona, sus almacenes de alcohol, armas y vigilancia del ganado. Era un bandolero que se servía de renegados, como soldados y suboficiales armados que actuaban de tenientes de su ejército. Mantenía cautivas blancas que pagaba con alcohol a sus opresores borogas y ranqueles para servicios y serrallo (harén) de los suyos”.
La campaña de Rosas iba a estar dirigida a apresar y ejecutar a estas pequeñas pymes de delincuentes, pero siempre distinguiendo el trigo, es decir, las tribus sociales, de la paja, es decir, los delincuentes. De hecho, Rosas, con las tribus que se incorporaron a la Nación Argentina, celebró tratados a nombre del Estado de Buenos Aires. En estos tratados, a los caciques se les confería grado militar del Ejército Argentino y se les hacía jurar fidelidad a la bandera a cambio de prestaciones anuales, como carne, alcohol, yerba y distintos elementos que no poseían los indígenas.
Con esto queda claro que Rosas perseguía a los delincuentes antipatria, fueran blancos o indígenas, para no caer en ingenuidades étnicas en las cuales han desbarrancado historiadores como Pigna, el demoliberalismo y la progresía globalista actual.
Por el mérito de su campaña, la Legislatura de Buenos Aires quiso donarle a Rosas la isla de Choele Choel, de la cual renunció por entender que dicha isla debía ser propiedad fiscal, es decir, del Estado, por su importancia estratégica y su riqueza en pastos naturales. Los expedicionarios comandados por Rosas recibieron un premio en tierras.
También la organización de la expedición fue muy avanzada tácticamente para la época. Rosas contrató a ingenieros como Feliciano Chiclana, hijo del Triunviro, y Nicolás Descalzi. Estos hicieron excelentes observaciones geográficas, astronómicas y etnográficas. También había marinos como Juan Bautista Thorne y Guillermo Bathurst para reconocer y balizar los ríos Colorado y Negro, sumados a jefes militares de la talla de Ángel Pacheco, Manuel Corvalán, Pedro Ramos y Narciso del Valle, además de médicos, sacerdotes, agrimensores, baqueanos y una provista maestranza que arregló el suministro de alimentos en todo el recorrido.
En total fueron 2.000 hombres, que llevaban tres caballos por soldado y, en el caso de los oficiales, cuatro caballos por cada oficial.
Recordemos que el ejército de Rosas estuvo dispuesto en febrero de 1833 en San Miguel del Monte, a pesar de los retaceos del gobierno para suministrar dinero y materiales, y el resto de las tropas se unió en la ciudad de Bahía Blanca.
La muñeca de Rosas para mantener el orden y anticiparse a cualquier problema que pudiera surgir de parte de bandoleros se vio reflejada en lo sucedido con los Pincheira. Los Pincheira eran cuatro hermanos chilenos que habían estado del lado realista español y, una vez que estos fueron vencidos en la batalla de Chacabuco, cruzaron la cordillera mezclados con indios bandoleros para trabajar en el contrabando y apoyar malones.

Los Pincheira, al no quedar conformes y pese a haber sido advertidos numerosas veces de que debían parar con el contrabando, finalmente fueron ejecutados por orden de Rosas por el coronel Bulnes en 1832. Del remanente de contrabandistas quedó a cargo el cacique Chocorí, con actitudes aún más violentas que incluían el proxenetismo. Murió en 1834 en un combate ante las tropas de la Columna Este del ejército patagónico de Rosas, dirigidas por el general Ángel Pacheco.
También Juan Manuel de Rosas ideó un mecanismo de comunicación permanente con Buenos Aires, debido a la escisión que había sucedido en el federalismo entre los doctrinarios, llamados “Lomos Negros”, que eran “antirrosistas”, y los apostólicos, es decir, federales rosistas.
Estableció así un sistema de mensajería entre los más de 700 kilómetros que lo separaban de Buenos Aires, al que llamó “Los Santos”. Los mismos eran mensajes codificados a través de palabras con un significado simbólico. El sistema se componía de 21 postas escalonadas hasta San Miguel del Monte, atendidas por 100 hombres con 600 caballos.
Sus “Santos Diarios” (mensajes) tenían referencias políticas, poéticas o militares para servir de advertencia a sus soldados y también a sus amigos de Buenos Aires. Los “Santos” consistían en tres palabras o frases cortas que servían de reconocimiento.
Por ejemplo, los “Santos” de tipo político eran: “Federación-Gloria-Argentina”, “Federación-Sistema-de América”, “Empleados-sin pudor-Baldón”, “Nación-Sin Garantías-Teoría”, “Quiroga-Ilustre-Invicto”, “Motín-Mancha-Unitaria”, “Unitarios-Mancharon-la historia”, “Federación-Clamor-Popular”, “Derechos-Sin Deberes-Violencia”, “Centro-Marchando-Glorioso”, “De Bahía-Corta-Distancia”, “Del Mar-Sólo-Una Legua”.
La empresa de Rosas terminó victoriosa la campaña el 28 de enero de 1834 y se dictó el último “Santo”, que decía lo siguiente: “Al Colorado-y al Negro-Adiós” (por los ríos).
Hay una anécdota que cuenta el historiador José María Rosa, en este tomo de Historia Argentina, que fundamenta aún más el carácter humanista y la búsqueda soberana y noble de extender el territorio por parte de Juan Manuel de Rosas, totalmente diferente de la que llevaría a cabo Julio Argentino Roca 50 años después.
Entre los médicos que formaron parte de la expedición se encontraba el doctor irlandés James Lepper, quien, bajo la supervisión y el auspicio de Juan Manuel de Rosas, iba a vacunar a los indígenas que encontraba contra la viruela, ya que Rosas deseaba la incorporación de los indios pacíficos, no de los contrabandistas o las tribus de delincuentes, a la Nación Argentina, con derechos y deberes.
Los dignificaba vacunándolos contra la viruela, que hacía estragos por aquella época. Muchos no querían vacunarse porque pensaban que era un gualicho, y Rosas dio el ejemplo dándose la vacuna delante de ellos.
Rosas demuestra una vez más por qué fue uno de los tres más grandes patriotas de la historia argentina, junto a San Martín y Perón.
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