Tres poemas de Clementina Rossini (audio)

“Espejo”

Levanto el rostro desde este claustro invernal,

y veo aves que sobrevuelan un río helado

desde el tiempo en que una ráfaga de limaduras

destrozara rasante mi espejo dorado.

Desde cuando su destino unido al mío

juntaba el temblor de nuestras almas

y llenos de burbujas voluptuosas proyectaban un encuentro

con candelas, violines y escozores en la piel.

Los silencios se encenderían al alba y un profundo clamor

surgía desde las cavidades de los cuerpos arropados.

Después el silencio, el desengaño.

Las ausencias y distancias.

En esta tarde broncínea de julio en cuarentena

repaso uno a uno los momentos que dejaron su rastro

y frente al espejo trizado, espantando a las aves

que todavía sobrevuelan ese espacio,

encasillo el pensamiento para que de sus labios conserve la sonrisa

y de las manos esa ternura perenne, que hacia latir mis venas.


“Si hoy estuvieras en mi vida”

La noche caía tristemente, tan triste

como las palabras que sonaron impías

confirmando tu partida inevitable

en la que te precipitaste con palidez extrema.

Rasgaban mis hombros oscuros aleteos

como si un alma volara sin moverse

y atravesara lo último y posible de un largo viaje.

Aún me quema tu intangible figura

en las místicas y persistentes oscuridades.

Me siento como un mendigo sin amparo

con remembranzas de los tiempos recorridos

ávidos de sentires y deseos que afloraban

naturales como el ser y su inmanencia.

Hoy que tu carne se hizo aire y el aire es sabia para mi vida

me sobrevuelan espejismos, como si estuvieras conmigo.

Como si juntos diseñáramos el perfil del paraíso

y lo habitáramos cuando ya no seamos carne,

ni sangre, ni materia que rodara en esta dimensión,

y sospecháramos que nuestro rumbo se cruzará una vez más,

en algún lugar, tal vez donde palpitan resonancias de otros tiempos.


“En una noche que nos es como cualquiera”

Otros tal vez puedan

escribir las alabanzas más sagaces

al año que atardece desgastado,

pero un agrio reproche se descuelga

sobre la antorcha que luce enmohecida.

Aunque nadie culpe a nadie

por los vientos que han pasado,

la brújula que soportó también despojos,

siente el desvío de los rumbos que tutela

y una lágrima intrigante la delata.

No hay antorcha que no se apague

ni brújula que no se fragilice,

y más si siente que en una noche,

que no es como una noche cualquiera,

las fuentes que le daban fortalezas

apuntalan otras castas y brindarán por ellas.

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