Noche de Veda

Me acuesto con la cabeza revuelta por los hongos, confundida por el porro y brillante por el éxtasis: pongo la alarma porque mañana hay que votar (y trabajar).

En la penumbra no sé si tengo los ojos cerrados o abiertos, pero veo las estructuras de hilos azules, blancos y amarillos palpitar definidamente. Las palpitaciones vienen del esfumado kick y las melodías de mi imaginación, por momentos sugestiva.

En eso, la puerta. Escucho la voz de Cristian y otra más aguda y precavida, escucho risitas cómplices, escucho la cama, como si no hubiera una pared entre nosotros.

Intento conciliar el sueño. Es inútil. A los colores y melodías se ha sumado el rugir de la vida. Existen dos posibilidades, pienso. Entrar a la habitación o quedarme aquí, solo, o casi solo: en la cucheta duerme Ignacio.

La primera posibilidad es la más atractiva y la más arriesgada. Daría cualquier cosa por participar de sus ritos, de sus fantasías y de sus abrazos. Daría mi libertad o lo que sea que esto es.

Cristian es muy liberal, muy progresista. Se llena la boca hablando de los derechos comunitarios y el bienestar social. Él no debería tener reparos en aceptar mi propuesta. ¿O saldrá de él ese otro lado autoritario y vanidoso que lo caracteriza?

Cristian es muy amigo mío y debería mostrar empatía con mi precaria situación. Él sabe mejor que yo que uno no puede esperar tranquilidad de los estímulos que hacen mis esperanzas crecer. Debe, incluso, si es cierto que es un buen amigo, estar esperando que yo ingrese con naturalidad y me meta bajo las sábanas, sin pantalones. Su fatuo genio, empero, lo vuelve impredecible y, al ver mi larga sombra proyectada en la pared, podría exaltar mi nombre con insultos.

En tiempos geológicos, no importa si entro a la habitación y soy rechazado, pienso, ni si entro y soy aceptado. Nada importa demasiado en este sentido, pienso. Mis problemas son más pequeños, más comunes, más elementales, e igualmente urgentes: no quiero dormir solo en esta oscuridad tremenda.

Escucho a Cristian y a su compañera detenerse, cambiar de posición y comenzar de nuevo. Han puesto música, es muy buena, pero no oculta los gemidos. Acaricio mi cuerpo, mis piernas, mi miembro erecto.

Pienso en entrar y preguntar. Aceptar la responsabilidad de elegir, de arriesgar la suerte y todo lo demás en un instante. Levantarme, caminar hasta la puerta de al lado e irrumpir con respeto. Aquí estoy, listo para enfrentar las consecuencias.

No entrar, quedarme aquí, sin hacer nada, solo, Ignacio en la cucheta.

¿Qué pensará Ignacio? ¿Estará pendiente de los gemidos, acariciando su cuerpo, sus piernas, su miembro erecto? ¿Estará rumiando si entrar o si no entrar? ¿Estará completamente dormido? Ignacio, en cualquier caso, siempre fue un indeciso.

Juego con la idea de escribirle a Mily. Mily es atractiva, inteligente y siempre responde los mensajes, pero me ha mentido tantas veces que la inversión excedería los beneficios. Es cierto, pienso, con Mily arriba alcanzaría la felicidad y me vengaría de Cristian y de su compañera. A continuación, empero, la vergüenza de haber actuado contra mis propios intereses, de haberme dejado engañar a voluntad, de haber trocado mi corazón por su labia, me llevarían a huir ante el reflejo acusador de los espejos. Lo sé porque he dormido con Mily tres o cuatro veces, y porque Ignacio lo ha hecho cuatro o cinco.

Lo sabio, por ponerle un nombre a eso que se parece al sentido común pero que no es, sería conciliar mi orfandad y volarme en los sueños, donde los deseos se cumplen sin posterior insatisfacción. Conservar la calma… y los amigos. ¿No dicen que la amistad es una pasión mucho más lúcida que el amor?

Pienso que Cristian es absolutamente secundario. Es su compañera de fórmula (quien quiera que sea, cualquiera sea su personalidad, su color de ojos, su cuerpo desnudo sobre mis piernas) la que define la elección. Quizás ella desea con locura que yo me levante, camine hasta la puerta y me presente como Dios me trajo al mundo, o quizás solo es la fiebre hablando. ¿No dicen que los modales son los cimientos de nuestra civilización?

Es insensato pensar que los milagros le ocurren a gente como uno, y menos en estos casos. Por eso debo apelar a la lógica y, desde la semi tiniebla de la puerta, plantear lo siguiente. Considerando que:

  • Las conexiones entre tres son mayores que las conexiones entre dos.
  • Mientras más conexiones, mayor es el placer.
  • El placer es lo más parecido a la felicidad,

entonces, bajo todo punto de vista, la decisión óptima es hacer un trío.

Luego de haber expuesto mis irrefutables argumentos, pienso que, si Ignacio abandonara por un instante la abulia que lo caracteriza, y procediera con la iniciativa de un demócrata, es decir, si Ignacio compareciera desnudo y optimista al triángulo sur, yo sería el primero en negarlo. De ese hábito sólo puede ser madre la monstruosa naturaleza, o la televisión.

Suena la alarma. Es hora de ir a votar (y de ir a trabajar).

Me levanto, voy hasta la puerta y apoyo el oído: escucho la voz de Cristian, y la de Mily.

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