Esteparia: “Hablar de programación genera un poco de miedo, pero ya no tanto”

¿De qué hablamos cuando hablamos de livecoding?
Entrevistamos a la livecoder Esteparia, quien cuenta sus experiencias en esta práctica y como la lleva a cabo en la escena local. Además, la pampeana habla sobre el “menosprecio” de los gestores culturales santarroseños hacia lo nuevo. “Hay una reticencia muy marcada a la innovación. Es todo muy recurrente. Y lo que se ve raro lo apartan”, dispara.

Simon Reynolds, el periodista y ensayista musical más importante del siglo XX -y de lo que va del XXI-, sostiene que “la cultura pop rebosa de información sin clasificar que se almacena en el ciberespacio; la memoria retro es inmediata y está a un clic de distancia, colgada en ese lugar no-lugar llamado Internet.”. Si bien Reynolds hace alusión al rock y sus derivados, su cita también es aplicable a otras artes. Pero entonces, ¿qué hay de nuevo? O bueno, para ser menos pretenciosos: ¿qué es lo que está “pasando”?

“Muéstrame tus pantallas”

De la mano del do it yourself y del software libre, emerge el live coding, una práctica que se nutre de la experimentación y la creatividad a través de la programación para generar música e imágenes. De este modo, son las líneas de código ejecutadas en vivo las que crean sonidos y visuales. Si bien la actividad comenzó a difundirse en Europa -especialmente en Alemania, Inglaterra y Hamburgo- con los primeros festivales de live coding como “Changing Grammars”, organizado en el 2004 en Hamburgo, y “LOSS Livecode”, en el 2007 en Sheffield, es en el último lustro donde la “disciplina” se abre hacia un público mayor. Si pensamos y nos preguntamos “qué es lo que está pasando”, quizás acá haya una respuesta.

A comienzos de los 2000 surge TOPLAP, el primer grupo de livecoding en el mundo, el cual sienta las bases de esta práctica. “El oscurantismo es peligroso; muéstranos  tus pantallas”; “los códigos tienen que ser tanto vistos como escuchados”; “no es necesario que la audiencia conozca los códigos para apreciarlos” son algunos de los puntos, reconocimientos y exigencias que contiene su manifiesto.

En Argentina, el live coding empezó a estar en boca de nichos culturales en 2018, año en el que comenzó a difundirse por un grupo de programadores con base en La Plata bajo el nombre de CLiC (Colectivo de Live Coders). “Un espacio de intercambio y producción colectiva, abierto, cuidado, horizontal y adhocrático para abordar, investigar y performar utilizando técnicas y herramientas de livecoding”, advierten en su sitio web, en sintonía con los pioneros TOPLAP.

Toplap

Es ahí, en La Plata, donde la santarroseña Solana Lanchares Vidart A.K.A. Esteparia, se interesa por el live coding, más específicamente en la creación de visuales. Solana, entusiasta agitadora de las movidas locales durante su adolescencia en Santa Rosa, emigró en 2012 a la capital de la provincia de Buenos Aires para cursar Historia del Arte. Toda su formación académica se vio atravesada por las inquietudes tecnológicas, las cuales sirvieron como disparador para convertirse en livecoder. “Estuve formando parte de cátedras sobre nuevos medios, videojuegos. Y  me resultaba extraño hablar de esas cosas, sin saber bien las formas de producir”, confiesa en diálogo con BIFE.

Puntualmente, ¿de qué forma llegaste al live coding?

Empecé a relacionarme con artistas que programaban. En una parte asistida por ellos, por lo que me enseñaban pero también de manera autodidacta. Y hace unos dos años di con la comunidad livecoder y me metí en esa. Me resultó interesante poder improvisar programando.

Estuve formando parte de cátedras sobre nuevos medios, videojuegos. Y  me resultaba extraño hablar de esas cosas, sin saber bien las formas de producir

La pampeana advierte que quienes se acercan a la práctica son mayormente técnicos que se vuelcan a la programación creativa y artistas visuales. “Hay programadores con muchas capacidades que además de livecodear y tocar en festivales están desarrollando cosas para afuera o venden obras digitales, así como quienes laburan como vj para eventos”, apunta.

Solana regresó a Santa Rosa durante la pandemia luego de casi una década de estar viviendo en La Plata. En esta nueva etapa en la ciudad pudo llevar a cabo varias presentaciones livecodeando visuales en distintos eventos dentro de la movida local, difundiendo, a su vez, esta práctica. “Cada vez que termino una performance siempre hay alguien que se acerca y pregunta desde el desconocimiento: ‘¿che como lo hacés?’, ‘¿es muy difícil?’, ‘¿cómo te acordás de todo eso?’ Y eso está buenísimo”, celebra.

La livecoder es consciente que hablar de programación puede resultar intimidante, y como consecuencia alejar a quienes tengan inquietudes por esta práctica. “Entiendo que hablar de programación genera un poco de miedo, pero ya no tanto. Parece algo difícil pero no. Es cuestión de aprender un poco”, anima.

Como creadora de imágenes a través del live coding, ¿hay un género musical en el que te sientas más a gusto al momento de tus performance?

Siento que esta práctica fluye más con la música electrónica. Vamos al mismo tiempo y vamos viendo en el proceso junto al dj o músico. Hace poco toqué con una banda local, Niyamás, que tiene la particularidad de tener mucha percusión. No los conocía mucho y fue como ver qué pasaba, y por momentos fue accidentado todo (risas). Pero eso es parte del atractivo que tiene el vivo: “pasan cosas”. Digo, por ahí se abre una ventana o hay un código que no se ejecuta y yo suelo entrar en pánico, pero bueno esas cosas pasan.

¿Hay un link entre tu formación académica y tus performance como livecoder?

Sí, creo que sí. Haber tenido una formación en arte me ayuda a tener como otros parámetros al momento de composición de imagen que por ahí otros  que vienen de una formación más técnica, de ingeniería no la tienen. Estoy muy agradecida por eso.

Cada vez que termino una performance siempre hay alguien que se acerca y pregunta desde el desconocimiento: ‘¿che como lo hacés?’, ‘¿es muy difícil?’, ‘¿cómo te acordás de todo eso?’ Y eso está buenísimo

“El olor a moho local”

Meses atrás, en su cuenta de Facebook, la artista visual realizó un post en el que criticó a parte de la legitimada escena local y a la arbitraria selección de aplicaciones para formar parte de cursos brindados por entidades que están a cargo de las y los -ahora biempensantes- gestores culturales. En su publicación resaltó las dificultades de poder acceder a procesos si no perteneces a ese pequeño círculo de hacedores que comparten estética y discurso anarco friendly y “autogestivo”, pero que no tienen ninguna intención de desprenderse de las glándulas mamarias del Estado.

“Cuando miras quienes son seleccionados siempre son los mismos nombres, mismo apellidos, mismas técnicas, mismos trabajos artísticos de paisajes pampeanos ya repetidos hasta el hartazgo, grabados que parecen salidos un sucursal de Luxor (no estoy bardeando a les artistas, respeto por lo que hacen es solo mi opinión), y podría seguir”, señalaba Solana en sus redes sociales.

Son esas mismas técnicas, figuras, y estéticas que están presentes en los barrios céntricos y periféricos santarroseños. En fachadas de instituciones públicas y privadas, y hasta en remeras y otras prendas -cómo indican algunos de su eslogan- “para fexs”.

En ese sentido, Solana manifestaba en el mes de marzo que “esto me lleva a pensar en el nivel de quietud intelectual y de comodidad que manejan estos espacios y quienes los coordinan, les hablas de tecnología y menosprecian por ignorancia, hablan con ignorancia y lo único que les interesa es seguir perpetuando ese círculo artístico mínimo en el que se mueven… Espero que en algún momento vengan un par de pibites y rompan todo esto; no por mí, si no por los que vienen detrás y por lo que muchas veces no tienen la posibilidad de ampliar sus espacios de circulación cultural y tienen que vivir con el olor a moho local”.

Semanas después de su descargo vía redes, la livecoder sostiene que básicamente “hay una reticencia muy marcada a la innovación. Es todo muy recurrente. Y lo que se ve raro lo apartan”.

De todos modos, Solana deja en claro que en su retorno pudo volver a conectar con gente de su adolescencia que sigue agitando culturalmente -muchas veces- por fuera de los círculos anteriormente señalados. “Me pasó de encontrarme con gente muy interesante, personas con las que tenía relación antes de irme y también gente nueva que activa. Mis trabas, por así decirlo, son con las instituciones”, manifiesta. Y sentencia: “el under siempre está”.

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