Crítica a la militancia de la marihuana boba

La cultura cannábica es hoy un ingrediente más que compone la corrección política de la época, es decir, “todo lo que está bien”. Esa postura en la práctica genera el mismo oscurantismo sobre la marihuana que el prohibicionismo. El foco puesto en la salud pública representa el suicidio de esta planta que supo ser salvaje, y hoy está mansamente domesticada.

La marihuana dejó de ser el extraordinario trampolín que te catapultaba hacia la experimentación con otras plantas más poderosas y mágicas, para convertirse en un remedio piadoso. El cannabis dejó de ser un medio para transformarse en un fin, y en este traspaso de perspectiva se lo ha asesinado. El crimen a esta planta –alguna vez salvaje, hoy domesticada– ha sido ejecutado por una nueva secta religiosa: la cultura cannábica.

A lo largo de los años los miembros de la cultura cannábica se han encargado de introducir a la marihuana en la órbita oscura de la corrección política, donde todo es regulado por esta nueva institución. Con insistencia lograron instalar la idea de que la marihuana es buena”, desentendiéndose del concepto original que advierte que las drogas no son ni buenas ni malas, sino espíritus neutros cuya toxicidad depende de las personas, las circunstancias y, sobre todo, de la dosis: dosis sola facit venenu (“sólo la dosis hace el veneno”, Paracelso, S.XVI).

La marihuana dejó de ser el extraordinario trampolín que te catapultaba hacia la experimentación con otras plantas más poderosas y mágicas, para convertirse en un remedio piadoso

Cuando dotaron de moralidad a la planta cannábica, le pegaron el tiro de gracia. Es en este sentido que las raíces de la cultura cannábica se unen con el prohibicionismo. Una asegura que es “buena” y la otra que es “mala”. Una dice que es buena para la salud, y la otra que es mala para la salud. El foco puesto en este punto, en la sacralización de la salud pública, es el escenario donde estas dos posturas se unen.

Hoy muchos médicos recomiendan la marihuana como remedio para todos los males. La casta médica, entonces, ha asesinado a esta planta mágica porque, como explica Enrique Symns, el té de los chinos es una clara demostración: “de aquella poderosa fiera alucinógena ha quedado ese gatito ensobrado que tomamos cuando nos duele la pancita”.

Otro ejemplo es la experiencia uruguaya en la regulación y distribución del cannábis y el absurdo de pasar de la prohibición a un monopolio estatal noño, donde solo se admiten proporciones muy bajas –y encima caras- de THC (tetrahidrocannabinol) -el componente “mágico” de la marihuana-, y por el cual el mercado negro se sigue aprovechando.

Cuando dotaron de moralidad a la planta cannábica, le pegaron el tiro de gracia

Las modas, leyes o dictámenes no tendrían que producir verdades absolutas, ya que sustancias que antes eran ilegales ahora son legales, y viceversa. Las legislaciones crean una situación ridícula alrededor de las drogas. La valeriana, por ejemplo, hasta hace poco era una planta legal en España que ayudaba a dormir, y como las farmacias vieron que parte de los consumidores de somníferos migraban de mercado, presionaron a los gobiernos y la prohibieron por ser una “planta tóxica”.

El prohibicionismo es hipócrita, y también absurdamente ineficaz porque siempre que exista demanda en un mercado, habrá oferta. ¿Se evitará la ludopatía prohibiendo las cartas? El asesino de John Lennon era lector de Nietzsche, si antes se hubiera quemado su obra, ¿Lennon seguiría vivo?

El único aspecto en que triunfó el prohibicionismo fue en la desinformación. Con el renacimiento vino el afán por el conocimiento, y las drogas se empezaron a tomar como una forma de autoconocimiento. Luego llegó la prohibición, instalado a mediados del siglo pasado por EEUU, y el misterio pasó de descubrir nuevos estados de conciencia a “qué tiene aquella sustancia que lo hace prohibido”. Esa falta de trasparencia es el talón de Aquiles del prohibicionismo, porque obligaron a los consumidores a tomar una sustancia misteriosa en su composición, siendo conejitos de indias de gente poderosa e irresponsable.

Las modas, leyes o dictámenes no tendrían que producir verdades absolutas, ya que sustancias que antes eran ilegales ahora son legales, y viceversa

Hay que recordar que todas las cruzadas han partido de algún dogma, hoy disfrazado de iniciativa científica y humanitaria, y que la solución es siempre pasar del prejuicio al juicio, de la ignorancia a la ilustración. Pero nadie se atreve a decir toda la verdad.

En este sentido, el dogma que persiste en territorio cannábico es la supuesta pureza de esta planta. Insisten en que el cannabis no solo no es dañino para la salud sino que incluso es medicinal y terapéutico. Que no crea dependencia física y que si crea dependencia psíquica es “mínima” (en este punto plantean el debate de la difusa línea de lo que es un hábito y lo que es una dependencia) y que el cannabis no afecta al sistema cognitivo sino que “alarga las ondas cerebrales”.

Fumar marihuana provee el maravilloso insumo de la distracción, necesario para ampliar y adoptar nuevos estados de la conciencia. Pero, al mismo tiempo, destruye la concentración. Consumir cotidianamente cannabis, por ejemplo, en periodos en los que el individuo aprende a concentrarse (entre el nacimiento y los 16-18 años) puede ocasionar una dificultad y, en consecuencia, un individuo aletargado. Una cultura cannábica tan preocupada por la salud pública debería decir eso.

Fumar marihuana provee el maravilloso insumo de la distracción, necesario para ampliar y adoptar nuevos estados de la conciencia. Pero, al mismo tiempo, destruye la concentración

Pero otra vez volvemos al punto de la salud pública que, enfocado de esa manera, es la razón por la cual el debate de la legalización de la marihuana no genera el único debate verdadero en este asunto, que es la legalizacióno como dice Antonio Escohotado “la derogación de la prohibición”de todas las drogas. Porque las drogas, en todo caso, no existen para alargar la vida o “conservar el cuerpo” –una idea tan cristiana como antinatural, si se recuerda que vivir implica, en simultaneo, morir-.

Como dice Escohotado, las drogas deberían ir del conocimiento al amor propio, y del amor propio al placer, que son tres cosas dignas en todo momento.

En el fondo, las drogas no están para mentirse a sí mismo o mentir a los demás, sino para sobrellevar mejor los pesares, para aumentar el autocontrol y sobre todo para dar placer o menos dolor en cada instante de esta vida.

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