Intimidades de un dealer: La tremenda soledad de los comerciantes de droga de Santa Rosa

La caída emocional de un dealer de referencia de la capital pampeana. Su estadía en la cárcel. Los detalles de los viajes cocainómanos. Sus andanzas subterráneas por los barrios, entre el reviente y el narcomenudeo. Un día abrió los ojos y vio que todo a su alrededor era de mentira. Juan, el dealer que está por migrar en busca de “tranquilidad”.

Flaco, morocho, de ojos grandes y vidriosos, Juan (no quiso honrar a la revista con su nombre real) es un dealer de Santa Rosa, histórico residente de Zona Norte, actualmente retirado del comercio, del pedaleo y esas cosas. Con rayas rojas alrededor de las pupilas, como de padre desvelado o de fumón de playa, recibió al cronista de Revista BIFE en su casa de tres ambientes con patio y una pequeña huerta que está por abandonar. Tiene planificado irse de la ciudad, dejar enterrada su infancia, adolescencia y juventud en los recovecos de este barrio, en las calles de tierra, en las esquinas eternas.

Está cansado y el ingenuo cree que encontrará tranquilidad en las Sierras de Córdoba. Los últimos meses se sostuvo agarrado de la siempre tentadora fantasía de escapar, instalarse en un lugar, hacer de ermitaño. Lo mantiene vital la posibilidad del “borrón y cuenta nueva”. Y en esa está, Juan, por estos días, recientemente separado de su mujer tras múltiples macanas que se mandó por años, fogoneadas por sus andanzas como trabajador del menudeo ilegal, con sus correspondientes giras y revientes en las que danzaron hombres y mujeres olvidables, frívolos fantasmas que le hicieron creer que era un tipo excepcional, un amigo extraordinario, un capo de la calle. Ahora está solo y tiene el alma avinagrada. 

Los últimos meses se sostuvo agarrado de la siempre tentadora fantasía de escapar, instalarse en un lugar, hacer de ermitaño

Se rodeó de lacayos, la jugó de prepotente, hacía medir su masculinidad en la mesa de los “porongudos” que siempre ganan sin saber que así preparan el terreno para perder más estrepitosamente. Se sentía a gusto teniendo un ejército de perros falderos que cumplían sus caprichos (comprar más fernet, arreglar un televisor, correr un mueble, etcétera), manteniéndolos detrás de su abreviado carisma gracias al escabio, la falopa y el hogar que él siempre ofrecía para que se desarrollen las aventuras etílicas. Era solicitado, Juan esto Juan lo otro, los hombres reían de sus chistes, las mujeres se le insinuaban. Se sentía imbatible hasta que una noche la sirena de un patrullero se hizo presente en su casa.

Estaban en medio de una celebración que se había prolongado durante dos días. Dos policías golpearon fuertemente la puerta. Dos muchachos salieron y hubo una discusión. Más gente rodeó la escena. Salió  Juan, enfrentó con gestos y amenazas a la policía, pero fue rápidamente reducido, golpeado y maniatado. Cuando Juan, tras recibir un potente golpe en el estómago, sin aire cayó, de rodillas giró la cabeza y vio el panorama (sus amigos escapando, otros mirando indiferentes), se sintió un tarado monumental. Fue el único detenido. Luego le allanaron la casa. Lo tenían marcado. Encontraron importantes reservas de cocaína y unos ladrillos de marihuana prensada. Estuvo 1 año preso, proceso en el cual sólo fue visitado por su mujer, una “amiga de fierro” y un “hermano de la vida“. ¿Y el resto de los parásitos que vivieron tomando cocaína en  su casa durante años? “Si querés saber quiénes son tus amigos, hace que te metan preso y esperá a ver quién te visita”, dirá luego.

Hacía medir su masculinidad en la mesa de los “porongudos” que siempre ganan sin saber que así preparan el terreno para perder más estrepitosamente

Encerrado amasó dramones de todo tipo. Se “angustió” por primera vez. La pasta de campeón se le fue diluyendo en un charco por el que cada noche se reflejaba su cara y en la que veía: una multiplicidad de caretas, una vida de mentira llena de oportunistas y esnifadores inescrupulosos. Él, que pensó que su carisma atraía a los caravaneros, que su solidaridad –porque es un tipo solidario, de bolsillo suelto– sellaba la amistad con el “millón” de amigos que creyó tener, entendió que lo único que los unía era, en definitiva, el maldito polvo blanco, porque supo tener el mejor de toda la ciudad. “Si hay viento y levantas la cocaína y se vuela, es mala. La buena buena tiene más consistencia, es más espesa”, me explica. “Y si haces así se frota los dedosadquiere un color amarronado. Y Juan era de los pocos que conseguía esa en Santa Rosa. 

Al salir de la cárcel estuvo un tiempo “tranquilo”, se reconcilió con su pareja, consiguió un trabajo ordinario. Sin embargo, no pasó mucho hasta que cayó de nuevo en la necesidad de hacer “guita fácil”. Juan habla de “guita fácil” pero comprendió que no es ninguna guita fácil. Implica el riesgo de ser atrapado otra vez por una policía que lo tiene marcado. Implica sobre todo rodearse de la gente que lo encandiló, que lo perdió, gracias a la cual hoy se le mueve toda la estantería, sobre todo ahora que perdió definitivamente a su mujer. Tener al alcance dinero, cocaína y ciertos insumos que proporcionan goce atrae a los bicharracos más diversos de la ciudad, que con tal de estar cerca no tienen inconvenientes en acatar todas las “reglas” que a Juan le gustaba impartir.

En los viajes cocainómanos –cuenta Juan los “valores” establecidos se hacen un bollo y se tiran por los aires. El vínculo humano deja de estar regido por ciertos códigos compartidos. Esto, al principio, puede ser liberador, porque se experimenta un retorno a los instintos más primitivos; pero después, cuando ocurre un exceso prolongado en el tiempo, se vuelve además de frívolo, frustrante. En el fondo –afirma nuestro comerciante de estupefacientes-, esta es la realidad existencial de todos sus colegas. Pero es peor para él, para Juan, un dealer con un corazón tan grande como ingenuo, uno de esos pocos cocainómanos que existen que al esnifar se vuelven solidarios, te quieren invitar un trago, una raya, lo que venga. 

La pasta de campeón se le fue diluyendo en un charco por el que cada noche se reflejaba su cara y en la que veía una multiplicidad de caretas

Solitario, con dos ojos tristes, Juan se prepara una rayita y me estira un cogollo para que lo arme. Del patio se escucha el ladrido del perro, uno de los dos que le quedó tras la separación con su mujer. Se sirve un poco de vino y, sin dejar de mirar el plato, dice: “Vos sos distinto, sos uno de los pocos o el único que conocí haciendo las movidas, que me pregunta cómo estoy, que escucha de verdad”. Por mi parte asiento con la cabeza y armo el cigarrillo. Juan sigue: “La otra noche, pasado de gira, me encontré en aquel rincón llorando, había echado a todos, llamé a mi única amiga que es como mi hermana para que venga y vino. Ahí me di cuenta que todo era una mentira y terminé por fin esta etapa de mi vida. Juan toma una rayita más y me mira con cierto aprecio. Yo tengo ganas de decirle que abra más los ojos, que soy como el resto, que le tomo su vino, le fumo sus cigarros, y si lo escucho atentamente es porque vampirizo sus historias, me nutro de las tragedias ajenas (para no hablar de las propias) para transformarlas en material publicable. Se prende un cigarrillo, se tira para atrás en la silla y echa humo, dice que está bien, que está mejor. Sonríe, me dice que lo visite cuando esté en las Sierras, que en Córdoba también tiene buenas movidas.

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